Biología obsoleta
Lo primero que tengo que hacer en este artículo es describiros qué entiendo por eso de biología obsoleta. Es una definición totalmente subjetiva: es uno o más comportamientos que en algún momento sirvieron evolutivamente hablando pero que hoy día ya no sirven, aunque se siguen teniendo.
No me refiero a los animales que tienen sus comportamientos grabados y los sacas de su entorno en el momento. Por ejemplo, hay un gusano llamado Convoluta roscoffensis que vive en las playas del norte de Bretaña y el canal de la Mancha. Al bajar la marea, ascienden a la superficie pudiéndose ver grandes manchas verdes de ellos en las playas y cuando sube la marea, se vuelven a enterrar.
Lo curioso es que si se llevan a un laboratorio y se ponen en una pecera donde, evidentemente, no hay mareas, dos veces al día salen a la superficie y se vuelven a enterrar. Es como si guardaran el recuerdo del mar. Muy poético, ¿verdad? Tienen ese comportamiento grabado no por las circunstancias, sino por el tiempo. ¿Qué pasaría si hubiera múltiples generaciones de estos gusanos a los que no sirviera hacerlo? ¿Perderían ese comportamiento?
Los cormoranes se impulsan con sus patas para zambullirse bajo el agua más de un minuto y son capaces de llegar a 10 metros de profundidad. Sus plumas no son completamente impermeables, por lo que, al mojarse, aumentan de peso, lo que les permite hundirse más y bucear con facilidad. Pero claro, al salir fuera, necesitan secar sus alas, por lo que las extienden para secarlas. De no secarlas, no servirían para volar. Hasta aquí, todo parece muy normal y no hay motivo para sorprenderse.
Vamos a las Galápagos. Allí existen unos cormoranes que, directamente, no pueden volar. Junto a los dodos, perdieron sus alas los últimos dos millones de años. Es muy poco evolutivamente hablando; y decimos que es poco porque lo podemos comparar con las avestruces que llegaron volando a África hace unos 65 millones de años coincidiendo con la extinción de los dinosaurios… en fin. Lo sabemos porque los científicos han hecho análisis genéticos y han llegado a esta conclusión. Pero sigamos con los cormoranes. No han perdido del todo sus alas, sino que las tienen pequeñas y rechonchas. Y gracias a esas alas son increíbles nadadores y pescadores, y se mueven por las corrientes y los bancos de peces como auténticos expertos. Resulta que al salir del agua, las extienden. ¿Para qué, si no pueden volar? Ello las convierte en una de las aves más raras del mundo. No todos los ornitólogos están de acuerdo en que las extiendan para secárselas, pero lo hacen. Pero no me digáis que no os recuerda al no cambio del comportamiento del Convoluta roscoffensis.

Otra ave incapaz de volar es el kakapo. Es un ave de otra época. Si lo ves con su cara grande, redonda, marrón verdosa, tiene un aspecto de incomprensión serenamente inocente que te da ganas de abrazarlo y decirle que todo saldrá bien, aunque sabes que probablemente no será así. Es un ave endémica de Nueva Zelanda y no existen en ningún otro lugar del planeta. Hay que tener en cuenta que Nueva Zelanda se separó de los continentes hace unos 80 millones de años y no había mamíferos terrestres depredadores. Actualmente es el único loro del mundo que no vuela. Por si fuera poco, creció sin control y es también el loro más pesado del mundo: hasta 4 kilogramos. Vamos, un loro gordo.

Allá por el año 1995 solo quedaban 51 ejemplares de estas aves no voladoras. Los científicos estaban tan preocupados que los recogieron a todos y los reasentaron en islas cercanas en las que no había mamíferos depredadores (las ratas invasoras y los gatos asilvestrados representan su mayor amenaza). Pese a estar en un espacio seguro a la alimentación regular proporcionada por los propios científicos, su población no experimentó un crecimiento importante, y en 2001 solo había 86 ejemplares.
Resulta que tiene el curioso instinto de amañar el sexo de su progenie para adaptarla a las condiciones ambientales en las que nace estuvo a punto de frustrar los intentos de conservar la especie. Me explico.
Cuando los recursos son escasos, las madres engendran hembras, que son más pequeñas, consumen menos recursos y tienen más posibilidades de aparearse; en cambio, cuando los recursos son abundantes las madres pasan a engendrar machos, dado que, si bien requieren una mayor inversión, los machos grandes y sanos superan a otros machos rivales y engendran más nietos. Como los científicos proporcionaban una gran cantidad de alimentos a la población, la mayoría de las hembras engendraban machos. José Tella lo descubrió en 2001, y ahora las iniciativas de conservación han calculado la cantidad exacta de comida que hay que suministrar a la población para garantizar una proporción de sexos del cincuenta por ciento.
Y todavía más curioso: el kakapo no solo se ha olvidado de cómo volar, sino que también se ha olvidado de que se ha olvidado de cómo volar. Un kakapo seriamente preocupado se sube en ocasiones a un árbol y salta desde allí, después de lo cual cae como un ladrillo y aterriza de forma desgarbada sobre el suelo.
Este comportamiento recuerda al de abrir las alas como los cormoranes: lo que habíamos definido como biología obsoleta.
Notad que estos animales deben vivir en islas porque allí están lejos de depredadores que acabarían con ellos en un santiamén. Y, como se ha dicho muchas veces, las islas son siempre curiosas en cuanto a evolución se refiere. Se ha sugerido que las especies grandes que llegan a las islas suelen disminuir de tamaño, mientras que sucede lo contrario con las pequeñas, que tienden a aumentar. Cuando una especie del continente se introduce en una isla se produce una situación análoga a introducir a Al Capone, Genghis Khan y Rupert Murdoch en la isla de Wight, una isla asociada a vacaciones familiares tranquilas y esas cosas. Las gentes de las islas no tendrían ninguna posibilidad.
¿Debemos luchar e invertir dinero y recursos por la conservación de animales como esos cormoranes que no vuelan o esos kakapos que no han olvidado que han olvidado volar? Como afirmaba el zoólogo Mark Carwardine:
Cada animal y planta es una parte integral de su ambiente: incluso los dragones de Komodo juegan un papel principal a la hora de establecer la estabilidad ecológica de sus delicadas islas. Si desaparecen, lo mismo le podría ocurrir a muchas otras especies. Y la conservación tiene mucho que ver con nuestra propia supervivencia. Los animales y las plantas nos proporcionan fármacos que salvan vidas y alimentos, polinizan cultivos y nos proporcionan ingredientes importantes para muchos procesos industriales.
La pena es que necesitemos justificar la conservación basándonos en motivos funcionales centrados en el ser humano. Sería como justificar la música basándose en que es un buen ejercicio para el brazo derecho del violinista. La justificación auténtica es otra:
Existe una última razón para preocuparse, y creo que ninguna otra es necesaria. Es, sin duda, la razón por la que tanta gente ha dedicado su vida a proteger a animales como los rinocerontes, las cotorras, los kakapos y los delfines. Y es únicamente esta: el mundo sería un lugar más pobre, más oscuro, más solitario sin ellos.
Fuentes:
Richard Dawkins, La fantasía de volar.
Richard Dawkins, La ciencia en el alma.
Rachel Carson, El mar que nos rodea.
Lucy Cooke, Hembras.
Jose Luis Tella, Sex Ratio Teory in Conservation Biology, Ecology and Evolution, 2001, pp. 76-77.
Douglas Adams y Mark Carwardine, Last chance to see.
Fotos: Paul McFarling y Mike Bodie







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