Parásitos que controlan mentes
Los parásitos causaron tanta confusión en su momento porque tenían ciclos vitales diferentes a los que los humanos estaban acostumbrados a ver. El primer científico que se dio cuenta de ello fue el biólogo, zoólogo, geólogo, y profesor danés Johann Steenstrupp.
Por aquella época existía el misterio de los trematodos. Estos parásitos tienen un aspecto foliáceo y pueden encontrarse en casi cualquier animal: en los hígados de las ovejas, en los cerebros de los peces o en los intestinos de las aves. Dichos parásitos ponían sus huevos, pero nadie había encontrado un bebé trematodo en su hospedador, aunque se había encontrado algo diferente. En los lugares donde vivían determinadas especies de caracoles, en acequias, estanques o arroyos, los parasitólogos habían encontrado unos animalillos que nadaban libremente con unas grandes colas unidas a su parte posterior que meneaban frenéticamente en el agua. Se llamaban cercarias. Steenstrupp recogió una muestra en agua estancada llena de caracoles y cercarias y las mantuvo en una habitación con una temperatura cálida. Observó que podían atravesar el revestimiento mucoso que cubría el caparazón y el cuerpo del caracol, se desprendían de sus colas y formaban un quiste duro. Cuando extrajo las cercarias de sus refugios vio que se habían transformado en trematodos.
Steenstrupp, entonces, sugirió que algunos parásitos podían parecer seres diferentes cuando realmente todos ellos eran un único animal en diferentes fases. Y tenía razón. Muchos parásitos pasan de un hospedador a otro en alguno de sus ciclos vitales pasando de una generación a otra. Sin ir más lejos, unos gusanos vejiga que pueden vivir en cualquier músculo de los mamíferos, realmente era una etapa temprana de desarrollo de algún otro gusano que no se había descubierto. Esta idea llegó a un escandalizado médico llamado Friedrich Küchenmeister, quien realmente vio que era una etapa temprana de la tenia. Al fin y al cabo, los gusanos vejiga se solían encontrar en presas (ratones, cerdos y vacas) y las tenias se encontraban en los depredadores (gatos, perros y humanos). En 1851, Küchenmeister extrajo 40 de esos individuos y se los dio de comer a zorros. Lo mismo hizo con otras especies de tenias y gusanos vejiga en ratones y gatos. En 1853 suministró gusanos vejiga provenientes de una oveja enferma a un perro, que no tardó en expulsar por sus excrementos segmentos de una tenia adulta.
Estaba tan decidido a demostrar la armonía benevolente de Dios que preparó un experimento macabro. Obtuvo permiso para alimentar con gusanos vejiga a un prisionero que iba a ser ejecutado. Y así fue: en 1854 se le notificó que un asesino iba a ser decapitado en unos pocos días. En una cena, la esposa de Küchenmeister se dio cuenta de que el suculento asado que iban a comer tenía unos cuantos gusanos vejiga. El marido fue corriendo al restaurante y suplicó que le dieran una libra de aquel mismo cerdo que había sido sacrificado dos días antes y estaba empezando a ponerse malo.
Küchenmeister extrajo los gusanos vejiga y los añadió a una sopa de fideos calentada hasta temperatura corporal. El prisionero no sabía lo que estaba comiendo y disfrutó tanto del plato que pidió repetir. Le puso más sopa y morcilla a la que también había introducido gusanos vejiga. Tres días después, el prisionero fue ejecutado.
Küchenmeister buscó en sus intestinos y encontró tenias jóvenes. Apenas tenían medio centímetro de longitud pero ya habían desarrollado su distintiva corona de 22 ganchos. Pasaron 5 años y Küchenmeister volvió a repetir el experimento; esta vez, con un convicto a 4 meses de su ejecución. Las tenias que encontró en los intestinos de este último medían metro y medio.
Se sintió triunfante, aunque los críticos y otros científicos de la época dijeron que eran experimentos degradantes para nuestra naturaleza común. Le llegaron a comparar con algunos médicos de la época que extraían el corazón aún latiente de un hombre recién ejecutado, simplemente para satisfacer su curiosidad, o decían que era algo similar a quien curioseara sobre buscar plantas en la tumba de su madre.
Sea como sea, lo que quedó claro es que los parásitos no aparecían por generación espontánea, sino que provenían de otros hospedadores.
Küchenmeister también ayudó a descubrir que los parásitos no siempre necesitan vagar por el mundo exterior para pasar de un hospedador a otro, sino que pueden crecer en el interior de un animal hasta que sea ingerido por otro.
La última posibilidad que quedaba para los defensores de la generación espontánea fue echada más tarde por tierra por personajes de la talla de Lazzaro Spallanzani y posteriormente Louis Pasteur. Pero eso ya es otra historia.
No es fácil ser un parásito. Sí, claro, es verdad que la comida te sale gratis, pero la vida de un gorrón sigue teniendo mucho de estresante. Tienes que ser capaz de adaptarte al medio ambiente interior de uno, dos o tres hospedadores, como los trematodos. Y esos portadores tienen unos hábitats que pueden ser tan diferentes entre sí como la Tierra lo es con respecto a la Luna. Y pasar del uno al otro puede suponer una pesadilla logística. Y lo hacen de formas asombrosas. Incluso podemos afirmar que son capaces de controlar las mentes ajenas.
Hay un trematodo que pasa parte de su vida en el interior de una hormiga pero tan solo puede reproducirse dentro del conducto biliar de una oveja. ¿Cómo lo logra? Pues invadiendo una parte del cerebro de la hormiga que controla su locomoción y sus partes bucales. Por el día, la hormiga se comporta como las demás, pero por la noche no la deja regresar a su colonia, sino que hace que se suba a lo alto de un tallo de hierba y se aferre con las mandíbulas, quedando a la espera de que una oveja que esté pastando se acerque y la devore. Si tal cosa no sucede, al amanecer la vuelve a su colonia. De hecho, esto último es importante, pues si hiciera esa acción de día la hormiga quedaría frita por el Sol y moriría, con lo que la oveja no podría comerla y adiós al trematodo. La hormiga, el hospedador, se convierte en un zombi: un muerto viviente sirviendo a su amo.
Una vez comida la hormiga, el trematodo sale por las heces de la oveja, que es ingerida por un caracol, donde se multiplican las larvas, que son expulsadas en pequeñas bolsas de baba, que son comidas por las hormigas. Así cerramos el ciclo. Ya podréis imaginar que colocar correctamente cada pieza en el puzle que forman los parásitos cuesta años de investigación.
Lo curioso de este caso es que el parásito ha sido capaz de controlar la mente de la hormiga. Hay más casos de, digamos, control de la mente. La Ampulex compressa o avispa joya inyecta en las cucarachas un auténtico cóctel químico que afecta a los neurotransmisores y la cucaracha hace prácticamente lo que la avispa quiere.
Y es que, la manipulación más efectiva es hacer creer a un organismo que toma decisiones propias. Y como ya veis, algunos microbios y parásitos pueden alterar, en beneficio propio, las sensaciones y el comportamiento de sus huéspedes. Incluido seres humanos. De hecho, el objetivo principal de la manipulación es crear un ambiente favorable para la replicación, transmisión, la diseminación y la perpetuación del patógeno, a menudo, en detrimento del huésped.
Hay más casos. Los grillos infectados por los gusanos nematomorfos dejan de cantar, y dichos parásitos inducen al hospedador al contacto con agua abundante. Vamos, que se suicide. En los hogares, los hospedadores manipulados suelen acabar en lavabos, inodoros, jacuzzis, piscinas o cualquier otro lugar de agua estancada.
La fototaxis es la capacidad de un organismo vivo para moverse de manera orientada hacia la luz (fototaxis positiva) o en sentido opuesto a ella (fototaxis negativa). Y es un fenómeno importante, pues la de las larvas de invertebrados contribuye a la migración vertical del plancton marino que representa uno de los mayores transportes de biomasa de la Tierra. Hay parásitos que transforman a sus huéspedes de negativos (huir de la luz) a positivos (acercarse a la luz).
En el caso de la Sacculina beauforti en el cangrejo de fango anaranjado (Scylla olivacea) hace que se comporte como una hembra, ejerciendo un control férreo sobre su hospedador. En otros casos, hay avispas parasitoides que han llegado a dominar al huésped en la llamada manipulación de guardaespaldas. Ya imaginaréis qué consigue del huésped.
La pregunta ahora es: ¿es posible que exista un parásito en humanos que pueda controlar nuestra mente? Por el momento, os puedo explicar cómo un parásito es capaz de forzar a un ser humano a sumergirse en el agua.
El gusano de Guinea accede a las personas cuando beben aguas estancadas contaminadas con pulgas acuáticas con sus larvas. El ácido del estómago mata la pulga pero no al parásito del interior atravesando paredes intestinales, y se aparean en los músculos abdominales. Los machos mueren, pero las hembras crecen y crecen, y pueden llegar a medir un metro. Van serpenteando por el tejido conectivo hacia una extremidad inferior, o sea, un pie o una pantorrilla, yendo hacia la superficie, a la piel. El parásito ha ido desarrollando subterfugios para que no lo pille el sistema inmunitario, y en el momento en el que llega a la extremidad inferior suelta un ácido que provoca dolorosas ampollas. ¿Y qué hacemos cuando notamos quemazón en una extremidad inferior? Pues ir al agua a refrescarnos. Y es allí donde la hembra empieza a echar larvas por la boca, que van buscando alguna pulga acuática cerrando el ciclo. Y así cada vez que esa persona entra en el agua. En ocasiones llegó a infectar a 3,5 millones de personas, pero hoy día, con los filtrados de agua esa lombriz está al borde de la extinción. Los casos en el año 2014 no llegaron a 100. Pero lo interesante, realmente, es que sin saberlo, nuestro comportamiento ha sido una reacción a un efecto causado por un parásito.

Otra cosa es que afecte a nuestro cerebro sin que seamos conscientes de ello. Pensemos, por ejemplo, en el virus de la rabia: provoca una agresividad tal que impulsa al huésped a morder facilitando la transmisión del virus. También se dice que el Toxoplasma gondii propicia comportamientos de riesgo en los animales, incluidos los humanos. En los roedores elimina su miedo natural a los gatos, facilitando la supervivencia del parásito. Pero recordemos que somos también animales y se han documentado leves correlaciones con asumir mayores riesgos en nuestro comportamiento. Se ha llegado a estudiar la posible relación entre intentos de suicidio y Toxoplasma.
En el caso de la enfermedad del sueño, es evidente que el parásito altera el comportamiento humano al invadir y dañar directamente el sistema nervioso central, alterando los ciclos sueño-vigilia, causando desequilibrio de los neurotransmisores y provocando síntomas neurológicos y psiquiátricos.
Sea como sea, es impresionante lo lejos que han llegado las adaptaciones evolutivas. Como dice el periodista y divulgador científico Carl Zimmer:
Solo el hecho de vivir en el interior de otro organismo -localizándolo, desplazándose por su interior, encontrando alimento y apareándose en su interior, alterando las células de alrededor burlando sus defensas- es un extraordinario logro evolutivo.
Fuentes:
Carl Zimmer, Parásitos.
Kathleen McAuliffe, Yo soy yo y mis parásitos.
Raúl Rivas, Microorganismos, cerebro y control mental.







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