Shoemaker y la Geología Planetaria

Publicado el 12 de julio de 2026 en Historias de la ciencia por omalaled
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Visto el zambombazo del Chicxulub, podemos plantearnos si es posible que un meteorito hoy día pueda chocar contra un planeta. Intentamos tranquilizarnos pensando que esas cosas, hoy por hoy, no pasan. ¿No pasan? Pues, para bien o para mal, sí, pueden pasar, y ello me va a dar una excusa de hablaros del héroe de esta historia: Eugene Shoemaker.

En marzo de 1993 se detectó un cometa antes desconocido que describía órbitas alrededor de Júpiter. Los descubridores eran cazadores veteranos de cometas: los astrónomos Eugene y Carolyn Shoemaker (marido y mujer), y David Levy. De ahí que lo llamaran Shoemaker-Levy 9 (SL9, aunque formalmente es D/1993 F2). Ese número 9 lo lleva porque era el noveno cometa detectado por este trío de astrónomos. Un análisis detallado de aquel cometa concluyó que debía haber sido cazado por la órbita de Júpiter, al menos, hacía una década. De hecho, tirando del hilo, se encontró en fotografías anteriores.

Durante un acercamiento excesivo, dada la enorme gravedad de Júpiter, se rompió en pedazos que siguieron la misma órbita en una fila que tenía alrededor de 160.000 km. Aquellos pedazos fueron fotografiados por el Hubble y según aquellas fotos los mayores fragmentos debían oscilar entre 2.5 y 4.3 km de diámetro. El dato es importante porque la energía del impacto es proporcional a la masa del objeto y, por tanto, al cubo del diámetro; se estima que el meteorito del Chicxulub, el causante de la extinción de los dinosaurios, tenía unos 10 km de diámetro.

Se esperaba que el primer trozo fuera engullido por el planeta en junio de 1994, de modo que todos los telescopios de la Tierra (incluido el Hubble) apuntaron a Júpiter. El impacto más poderoso fue el del fragmento G. Produjo una explosión que se tradujo en una nube en forma de hongo, parecida a la provocada por una bomba atómica, pero mucho más grande. Creó una mancha oscura de más de 12.000 km de diámetro (os recuerdo que es aproximadamente el diámetro de la Tierra) y pudo ser vista incluso por los astrónomos aficionados. La velocidad de impacto fue de unos 60 km/s, y la energía liberada de unos 6 millones de megatones. Ya, está lejos de los 192 millones de megatones del meteorito del Chicxulub, pero esa potencia es la equivalente a varios centenares de veces el arsenal nuclear de la Tierra.

Fue un acontecimiento un tanto singular, ya que fue la primera vez que se observaba una colisión planetaria. El hecho llamó tanto la atención de la prensa que una pequeña ciudad del estado de Wyoming (EEUU) instaló una pista de aterrizaje intergaláctica para dar la bienvenida a cualquier posible refugiado de Júpiter.

En 2009, 15 años después, se pudo observar otro impacto de un objeto contra Júpiter. Menos mal que tenemos allá aquel gigante que engulle cometas porque, de llegar a la Tierra alguno de ellos, tendríamos algún problemilla que otro. De hecho, los que buscan vida en otros sistemas planetarios no sólo buscan uno que tenga un planeta a una distancia ideal como la Tierra, sino que además tenga algún gigante en su sistema para engullir la mayor cantidad de meteoritos posible.

Pero nuestro protagonista, aparte de los meteoritos, es Eugene Shoemaker. Nacido en 1928, desde pequeño mostró un gran interés por la geología y a los 16 años empezó a estudiar Ciencias Físicas en el Caltech. A los 20 ya trabajaba para el Servicio Geológico Norteamericano, al que seguría vinculado el resto de su vida. En 1948 estaba explorando en el estado de Colorado en busca de depósitos de uranio. Ya se habían detonado las primeras pruebas nucleares y tener recursos de uranio en el territorio suponía una importante ventaja militar para fabricar armamento. En aquella búsqueda se apasionó en el estudio de las características de los cráteres volcánicos y de meteoritos. La investigación sobre la mecánica de los impactos de meteorito le llevó a descubrir (junto a E.C.T. Chao) coesita en algunos cráteres. Es una estructura de cuarzo que se origina cuando éste es sometido a muy alta presión (entre 2 y 3 gigapascales) y a 700ºC de temperatura.

Como en un volcán no se dan esas presiones, de encontrar esas estructuras en un cráter, ya podemos decir que no es de origen volcánico sino de un meteorito (también se forma en una explosión nuclear, pero ese es otro problema).

Su tesis doctoral consistió en el estudio del famoso cráter de Arizona, el Barringer, un cráter de 50.000 años de edad. Tiene nada menos 1.200 metros de diámetro y 170 de profundidad.

Supongo que para el turismo de la gente apasionada por estas cosas, allá al lado hay un hotel por lo que podéis dormir al ladito mismo del cráter y despertaros con una bonita vista.

En las distintas fotos que corren por Internet, puede verse la carretera que llega y el complejo que hay el final de la misma. Notad la inmensidad del cráter. No me digáis que sólo mirándolo no imagináis la violencia del impacto.

Foto del Barringer

Menos mal que el choque fue hace mucho tiempo, porque de estar allá cuando llegó aquel meteorito no os hubiera dado tiempo de despertaros. Liberó una energía del orden de 150 veces la bomba de Hiroshima. Restos del impacto se encontraron un área de unos 260 kilómetros cuadrados. De ser una ciudad hubiera derrumbado cualquier edificio en un radio entre 14 y 22 kilómetros, y los vientos huracanados se hubieran sentido a 40 kilómetros. Obviamente, de haber estado allá no hubiera dado tiempo a salir corriendo, pues la onda de choque iba a 2000 km/h.

Aneriormente, Daniel Moreau Barringer, un geólogo y minero norteamericano, se había puesto a buscar el meteorito que debía existir bajo el cráter. Se había enterado de su existencia en una conversación informal y también de que había gran cantidad de hierro meteórico en los alrededores. En 1903 se embarcó en la compra del terreno para poder trabajar y realizar sondeos para encontrar el meteorito hasta 200 metros de profundidad. Observó fragmentos de roca tan minúsculos que no podían ser vistos ni con el microscopio así como bloques de roca gigantescos desplazados de su posición original. Sospechó que debía haber sido un evento muy energético. Pero, a pesar de que no encontró lava por los alrededores ni rocas volcánicas ni nada por el estilo, continuó creyendo que se había tratado de un volcán. En 1928 se detuvieron los intentos de seguir perforando en busca de galerías volcánicas. Barringer murió un año después, tras enterarse de los cálculos que demostraban que el asteroide metálico se habría vaporizado y la búsqueda de un gran cuerpo era en vano.

Pues bien, en la tesis doctoral mostraba que se habían encontrado restos de coesita y stishovita que junto a otras pruebas dejaba como conclusión que aquel cráter no era de origen volcánico, sino consecuencia del choque de un meteorito. Bonita tesis doctoral, la verdad.

Soñaba con ser el primer científico en cartografiar la Luna. En la década de los 1960 lideró equipos que investigaban la estructura y la historia de la Luna desarrollando métodos para cartografiarla con las fotos obtenidas de los telescopios. También estudió numerosos cráteres en la Tierra y en 1961 fundó la el Programa de Investigación en Astrogeología (Astrogeology Research Program) junto al Servicio Geológico de los Estados Unidos (United States Geological Survey). Fundó la ciencia planetaria como una disciplina apartada de la astronomía.

Padecía la enfermedad de Addison, lo que le impidió ser el primer geólogo astronauta pero ayudó personalmente a entrenar a los astronautas, y uno de los lugares donde lo hizo fue precisamente en el Barringer. Estuvo involucrado en los programas Ranger y Surveyor, culminando sus estudios sobre la Luna en 1994 con el Proyecto Clementine, del que fue el líder científico. Alguna vez dijo que se consideraba a sí mismo como un historiador científico, cuya misión era relacionar los eventos geológicos y planetarios. Desde luego, decir eso es ser persona muy modesta.

Fue el primero en proponer que podía haber meteoritos provenientes de la Luna. Decía que en la Luna había cráteres suficientemente grandes como para que fragmentos de la colisión pudieran escapar de la misma y llegar a la Tierra. Faltaba, sin embargo probar que aquello podía suceder. Faltaba encontrar un meteorito con características similares a las rocas lunares traídas por las misiones Apolo. Y así fue. En 1982, se encontró en la Antártida el ALH85001, con una masa de 31,2 gramos. La composición y estructura de aquel meteorito se asemejaba a algunas rocas traídas una década antes por los astronautas. Aquel meteorito sirvió para probar del todo que Shoemaker tenía razón al decir que nuestro satélite es también fuente de meteoritos.

Hasta estas fechas, la Meteoritical Society ha reconocido 155 meteoritos lunares, la mayoría de ellos encontrados en desiertos de arena o de hielo. Del estudio de los isótopos activados durante su estancia por el espacio sabemos que esos meteoritos provenientes desde la Luna tardan unos 100.000 años en llegar a la Tierra.

En 1992 recibió la National Medal of Science de manos del presidente de los EEUU, pero ese no fue más que uno de tantos: la lista de premios y honores que recibió a lo largo de su vida es tan larga como un brazo. Por si fuera poco, fue profesor en el Caltech durante 23 años, universidad en la que presidió la división de Ciencias Planetarias y Geológicas.

Sus colegas en el USGS (Servicio Geológico de los EEUU) lo recuerdan como un hombre excepcionalmente brillante, exuberante, vibrante y un cálido ser humano cuyas payasadas cuando se enojaba con las fotocopiadoras y sus felices carcajadas resonaban por los pasillos. En una ocasión, un recién llegado oyó una conversación de Eugene así como su risa y preguntó: ¿Quién es ese tipo ruidoso?, a lo que le contestaron que era el dios de la Geología Planetaria y que, como todos sabían, los dioses no susurran.

Por cierto, su esposa Carolyn Jean Spellmann no se queda corta: Licenciada en Historia, Ciencias Políticas, Literatura Inglesa y, por si fuera poco, estudió Ingeniería Química en el Caltech. En 2002, había descubierto 32 cometas y alrededor de 800 asteroides, así como 377 planetas menores. Si Eugene era un dios, Carolyn también merece el apelativo de diosa, desde luego.

Desgraciadamente, el 18 de julio de 1997 Eugene Shoemaker murió a causa de un accidente de coche mientras estudiaba un cráter de meteorito en Australia.

Hay un detalle todavía más curioso, pues hasta hoy es el único ser humano muerto en la Tierra pero que alguna parte de sus restos reposan en la Luna. Resulta que existe una empresa llamada Celestis que aprovecha los huecos de carga de los satélites de comunicaciones que van a ser lanzados al espacio. En esos huecos ponen cenizas de sus clientes para que estén en órbita y, finalmente, cuando la nave se quema en la atmósfera se hace válida más que nunca la frase: «ceniza a la ceniza», como afirma uno de los fundadores.

Con Shoemaker fue algo diferente. Decíamos que siempre había querido ser astronauta e ir a la Luna, pero había sido descalificado por razones médicas. Una colega cercana, Carolyn Porco, comentó que sus cenizas podrían ir allá, idea que gustó a la NASA y de esta manera se pusieron en contacto con Celestis. A esta última le encantó la idea de sentar un precedente para este tipo de entierros.

El 6 de enero de 1998, la sonda Lunar Prospector de la NASA salió hacia el polo sur de la Luna. Su misión era buscar hielo, para lo que llevaba un buen instrumental científico. Pero también llevaba algo más: unos 30 gramos de cenizas de Shoemaker en una cápsula de policarbonato provista por Celestis. En el envoltorio estaba escrito con láser su nombre, fechas de nacimiento y muerte sobre una imagen del cometa Hale-Bopp. También había una imagen del cráter Barringer, el de su tesis doctoral, donde además había entrenado a los astronautas del Apolo. También llevaba una cita de Romeo y Julieta. Al finalizar su misión, los ingenieros estrellaron la sonda de forma controlada a 6000 km/h contra una zona próxima al polo sur de la Luna para intentar detectar vapores de agua. Por supuesto, también se esparcieron por allá las cenizas de Shoemaker, en lo que Celestis llamó misión «Luna 1».

Puede que no fuera astronauta en vida, pero parte de sus cenizas sí lo son.

Eugene y Carolyn Shoemaker

Fuentes:
Mario Livio, ¿Por qué?
Josep Maria Trigo Rodríguez, Meteoritos.
Nahúm Méndez, Todo lo que hay que saber sobre Geología.
Eeric grundhauser, Atlas Obscura.
Mary G. Chapman, Astrogeology Science Center.
https://astrogeology.usgs.gov/rpif/Gene-Shoemaker
https://www.atlasobscura.com/articles/eugene-shoemaker-buried-moon-celestis-nasa
Foto: Barringer Center www.fossweb.com



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