El terremoto de Lisboa
En esta historia os quiero hablar de Lisboa, capital de Portugal, la ciudad donde desemboca el Tajo. Pero no de la actual, sino de la de hace unos años, allá por el 4 de noviembre de 1755, a las 9:40 de la mañana. Era el día de Todos los Santos, festivo nacional en Portugal y otros países católicos.
Se empezó a notar un ligero temblor que poco a poco fue tomando más intensidad, y más, y mucho más. Los edificios empezaron a caer, incluidas las iglesias que, precisamente, estaban abarrotadas de gente por la festividad. Los pocos edificios que quedaron en pie tampoco se libraron pues una réplica posterior también los iba a derrumbar. Todo aquello duró unos 10 minutos, que debieron parecer eternos a quienes lo sufrieron.
Aquí he de hacer un inciso sobre la magnitud de los sismos. En todo el mundo se producen terremotos. Los pequeños son los más comunes, por ejemplo, los de magnitud 2 en la escala de Richter sólo se perciben si estás muy cerca del epicentro, y en el mundo se producen cada minuto. Los de magnitud 5 son lo bastante fuertes como para tirar objetos de una estantería; casi todos los días hay uno en algún lugar del mundo. Los de magnitud 7 pueden destruir una ciudad, y la media está en una vez al mes, pero, por suerte para la humanidad, la mayoría tienen lugar bajo el mar, e incluso los que son en tierra suceden en lugares poco poblados. Pues bien el terremoto de Lisboa se calcula que fue de una magnitud de entre 8 y 9, y esos son los que pueden causar daños en zonas tan extensas como cientos de kilómetros.
Volvamos a Lisboa. Muchos de los que habían conseguido escapar fueron a la ribera del río alejándose así de la destrucción de sus alrededores. Pero fue una mala idea, ya que antes de la segunda réplica llegaría un tsunami. Según comentan, al principio la retirada del agua previa al mismo dejó al descubierto la desembocadura del río Tajo, pudiendo ver algas, peces y barcos hundidos. Pero cuando llegaron las olas de entre 6 y 20 metros, el agua sepultó el puerto y entró en la ciudad yendo aguas río arriba del Tajo, matando miles de personas.
Pero la cosa no quedó ahí. Las velas que decoraban los altares de las iglesias prendieron fuego a las estructuras de madera. Al caer la noche, los incendios habían quemado las ruinas de la ciudad y continuarían ardiendo durante seis días. El 85% de los edificios fueron pasto del terremoto o el fuego.
El Palacio Real de Lisboa fue completamente destruido, al igual que su biblioteca con más de 50.000 volúmenes y los centenares de cuadros incluyendo pinturas de Rubens, Tiziano y Correggio.
La familia real tuvo suerte. Había salido temprano de caza, lo que les libró de una muerte casi segura.
No está claro el recuento de muertos: las cifras oscilan entre los 30.000 y los 90.000. En esa época, había unos 275.000 habitantes censados. Hablamos de entre un 10% y un 30% de la población. Haceos una idea de todo aquello: la ciudad en ruinas, el fuego quemando, los cadáveres por allá esparcidos. Los escritos también hablan del miedo de los supervivientes a otro nuevo terremoto. Europa quedó consternada y atrajo la atención de todas las gacetas, periódicos y viajeros de toda Europa. Fue la primera catástrofe mediática mundial.
Obviamente, los terremotos no entienden de fronteras políticas. Parte de las poblaciones costeras del sur fueron arrasadas o sufrieron grandes daños. Se registraron grandes daños también en Marruecos así como miles de muertos; una ciudad que existía por aquella zona desapareció para siempre. En algunos lugares de España, como Ayamonte, se calcula que murieron otras 1000 personas. El terremoto también se sintió en Groenlandia, las Antillas, Madeira, Noruega, Suecia, el Reino Unido e Irlanda.
Como suele suceder en estos desastres se buscaron culpables. Los monjes de la época echaron la culpa a los recién convertidos al cristianismo desde el judaísmo o el islam. Extremistas como el jesuita Gabriel Malagrida aterrorizaba a los fieles sermoneándoles con que todo aquello era un castigo divino por los pecados de los hombres y que lo que había que hacer era procesiones y rezar.
Este cariz religioso tiene su ironía ya que los edificios más importantes y las iglesias estaban construidas cerca del río, con lo que los cimientos estaban entre los sedimentos del Tajo que son propensos a reblandecerse y provocar inestabilidad en los mismos, mientras que los burdeles estaban en el extrarradio donde el suelo era más firme. La mayoría de estos últimos resistieron a la catástrofe. Aquello provocó desconcierto entre los fieles.
Se abrió un intenso debate donde participaron personajes de la talla de Voltaire, Rousseau, Immanuel Kant, etc. Voltaire se sintió profundamente conmovido por el sufrimiento humano y compuso su Poema sobre el desastre de Lisboa:
¿Dios se vengó, su muerte es el precio de sus crímenes?
¿Qué crimen, qué error han cometido estos niños?
¿En el pecho de la madre aplastado y ensangrentado?
Lisboa, que ya no es, no tuvo más vicios
¿Que Londres, que París, sumidos en delicias?
Lisboa está dañada y la gente baila en París.
Rousseau respondió con una extensa carta en la que argumentó, entre otras cosas, que la fuente del sufrimiento de los lisboetas no era Dios sino sus propias acciones como la forma en la que habían construido la ciudad y las motivaciones sociales de los residentes. Kant, por otro lado, publicó tres textos en los que afirmaba que los terremotos eran por causas naturales y no sobrenaturales.
Aquí aparece un personaje clave: Sebastião José de Carvalho e Melo, más conocido como Marqués de Pombal. Ya era entonces secretario de estado y un personaje controvertido que ejerció el despotismo ilustrado. Se dice que la corte se reunió en torno al rey José en un palacete de Bélem, en las afueras de Lisboa. Según se dice, el rey preguntó a De Carvalho:
— ¿Qué hacer ante semejante castigo divino?
Y De Carvalho contestó:
— Majestad, enterremos a los muertos y alimentemos a los vivos.
El rey quedó marcado psicológicamente por aquel terremoto. Desarrolló una grave claustrofobia y el resto de su vida vivió en tiendas de campaña, así que confió el mando a De Carvalho y nunca cuestionó su labor. La construcción de un nuevo Palacio Real no comenzó hasta el reinado de su hija, María I.
Durante los ocho días siguientes al desastre, De Carvalho vivió en su carruaje, puso en marcha un plan de emergencia y restableció el orden. Dispuso guardias en las afueras de Lisboa para evitar que los residentes sanos se marcharan y obligarlos a permanecer en la ciudad para ayudar a retirar escombros y construcción de refugio para los supervivientes. Para impedir saqueos se levantaron patíbulos en diferentes puntos elevados de la ciudad y se ejecutó a quien fuera atrapado en el acto. Más de 30 personas murieron en un mes.
También promulgó 200 decretos para mantener el orden y comenzar la recuperación. Algunos los firmó tan rápido que lo hizo sobre sus rodillas. Entre ellos estaban proporcionar refugio y comida a quienes se hubieran quedado sin nada, curar a los heridos, impedir la inflación de los precios, reanudar la actividad en iglesias y escuelas. Había demasiados muertos y era imposible enterrarlos antes de que la descomposición de los cuerpos se convirtiera en una pesadilla. Ante ello, fueron arrojados al mar con lastres pesados a pesar de la oposición de los jesuitas. Gracias a esas decisiones no hubo epidemias.
Apenas un mes después del terremoto, el ingeniero jefe del reino presentó cuatro opciones para la restauración de la ciudad.
1. Abandonar Lisboa por completo.
2. Reconstruirla con materiales reciclados.
3. Reconstruirla ampliando algunas calles y realizar mejoras para reducir el riesgo de incendio.
4. Construir una ciudad completamente nueva.
Como contaba con la ayuda de algunos países europeos, en particular Inglaterra, el rey escogió la opción más ambiciosa. De Carvalho fue nombrado primer ministro y el rey le dio plenos poderes para encargarse de la reconstrucción. En menos de un año, Lisboa estaba limpia de escombros y la reconstrucción había empezado.
Exigió que los nuevos edificios que se construyeran fueran resistentes a futuros terremotos. Para ello, se construyeron maquetas a escala y se puso a prueba su resistencia pidiendo al ejército que desfilara a su alrededor para simular terremotos. Se utilizaron métodos nuevos de ingeniería como estructuras con madera flexible para que los edificios, como decía él mismo, temblaran pero no cayeran. Se aseguró de que las estrechas calles fueran sustituidas por anchas avenidas y los espacios fueran grandes y ventilados.
Al estilo arquitectónico se lo llamó pombalino, en su honor, ya que posteriormente se le daría el título de marqués de Pombal.
E hizo algo todavía más interesante y no es otra cosa que el primer estudio científico sobre un terremoto. A cada parroquia envió un requerimiento con un listado de preguntas: ¿cuándo había empezado el terremoto? ¿cuanto había durado? ¿cuántas personas habían fallecido? ¿el mar se elevó o se desbordó primero? ¿se comportaron los perros y otros animales de forma anómala antes del terremoto? ¿se elevó o disminuyó el nivel de los pozos los días anteriores?
Son precisamente esos datos los que permitieron a los científicos modernos estimar el origen y la magnitud del terremoto.
Todo aquel éxito de De Carvalho aumentó su autoridad política y le permitió hacer ambiciosos planes para modernizar Portugal. Su golpe más sonado fue expulsar a los jesuitas del poder. Decretó que eran un peligro para una monarquía absolutista y también un obstáculo para el progreso intelectual del país. Antes del terremoto sólo había conseguido que las ejecuciones de la Inquisición tuvieran que ser aprobadas por el Gobierno.
Uno de los desterrados era aquel jesuita, Malagrida, y su orden se vio implicada en un atentado contra el Rey, lo que llevó a la expulsión y confiscación de los bienes de la Compañía de Jesús de cualquier territorio portugués. Paradójicamente, el ministro, que había intentado disolver la Inquisición sin éxito logró que aquella misma institución condenara a Malagrida a la horca en 1760 acusado de falso profeta.
Si vais alguna vez por Lisboa, id a ver La Iglesia do Carmo, que no fue reconstruida, para poder ser testigos de las cicatrices de aquel terrible terremoto.
Sea como sea, lo que sí impulsó el terremoto de Lisboa fue la idea de que el mundo natural se puede describir y comprender a través del método científico. Se establecieron todo tipo de hipótesis, la mayoría basadas en ideas aristotélicas sobre los vapores de la Tierra, ya que eran una de las fuerzas más veloces que podían observarse. Hubo que esperar al terremoto de San Francisco en 1906 para establecer la relación entre las fallas y los terremotos, ya que se pudo ver claramente en tierra.
Fuentes:
Lucy Jones, Desastres, cómo las grandes catástrofes moldean nuestra historia.
https://www.bbc.com/mundo/noticias-62382265
https://www.labrujulaverde.com/2018/02/por-que-el-terremoto-de-lisboa-de-1755-derribo-las-iglesias-pero-dejo-en-pie-los-burde







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