Hans Christian
El periodo comprendido entre 1800 y 1850 es llamado a menudo Época Dorada Danesa. Ello se debe al gran crecimiento cultural que hubo a la vez que grandes cambios políticos y sociales. Hasta el año 1852, el área de Copenhague estuvo rodeada por una muralla y, geográficamente hablando, era una modesta capital. Fue a pesar de ello, o quizás gracias a ello, que se formó un ambiente rico en el intercambio y desarrollo de ideas de gente famosa danesa, algunos de ellos, a nivel mundial.
Pero había un detalle más importante en este cóctel: artistas, filósofos, escritores y científicos se movían en los mismos círculos; todos se conocían entre ellos y fue una fantástica época para la conversación ingeniosa y la amistad entre los intelectuales de diferentes áreas. Entre las gentes que se reunieron en aquel ambiente estaba el poeta Adam Oehlenschläger, el escultor Bertel Thorvaldsen, el filósofo Søren Kierkegaard, el coreógrafo August Bournonville, el abogado y político Anders Sandoe Ørsted (ese símbolo Ø debe pronunciarse como oe), y también otros dos personajes que tenían el mismo nombre: Hans Christian. De esos dos os quiero hablar.
El primero de ellos era Hans Christian Ørsted, físico y químico danés, quien descubrió de forma experimental la relación entre la electricidad y el magnetismo. Tanto él como su hermano Anders habían recibido educación con tutores privados y su hermano llegó a ser Primer Ministro de Dinamarca, entre 1853 y 1854. Nuestro Hans Christian Ørsted también estudió Farmacia (su padre era farmacéutico) en 1797 y se licenció en Medicina 3 años después.
Veamos, al principio se pensaba que la electricidad era una cosa y el magnetismo otra. Se afirmaba, entonces, que la electricidad no creaba un campo magnético, por lo que si acercábamos una aguja imantada a un cable no pasaba nada. Dice la leyenda que el 21 de abril de 1820 estaba dando clase y acercó una brújula a un cable. Iba diciendo que no había relación entre electricidad y magnetismo, pero cuando hizo circular electricidad por aquel cable, la brújula se movió. ¿Están ustedes viendo lo que yo veo? En fin, eso dice la leyenda. Hay quien dice que realmente lo hizo, pero que ya lo sabía antes de hacerlo en la clase. Sea como sea, lo curioso del tema era que la aguja magnética de la brújula se desviaba colocándose transversal al cable, formando con éste un ángulo recto. Esto era algo totalmente inesperado porque sugería que la fuerza magnética actuaría en círculo (o en una serie de círculos) alrededor del cable, algo bastante diferente de las fuerzas habituales que tiran o empujan, como las fuerzas con que los imanes se atraen o se repelen entre sí; o las cargas que también pueden atraerse o repelerse entre sí; o la gravedad, que sólo tiene atracción entre masas.
No es casualidad que lo encontrara. Había viajado por Europa, y en Alemania había conocido a Johann Wilhelm Ritter, quien ya sospechaba de la conexión entre electricidad y magnetismo. Las conversaciones con aquel hombre le habían llevado a estudiar el tema más a fondo. Y aquello, además, encajaba con las ideas de Kant y Friedrich Schelling sobre la unidad de la naturaleza. Su publicación fue utilizada por Ampère para desarrollar poco más tarde la teoría que sería el punto de partida del electromagnetismo. Aquel mismo año, la Royal Society le concedió la medalla Copley.
Al visitar París también conoció a Georges Cuvier y Jean-Baptiste Biot. Quedó impresionado por la nueva y revolucionaria École Polytechnique fundada en 1794. En aquella escuela, los jóvenes de toda Francia podían obtener una educación básica en ingeniería basada en las ciencias naturales. Incluso, los estudiantes podían hacer sus propios experimentos en los laboratorios. Al volver a su país natal empezó a dar conferencias a las que acudía la gente en masa, incluyendo mujeres, cosa que no se había visto anteriormente en Dinamarca.
Decía que la ciencia enseña a los jóvenes a distinguir entre lo verdadero y lo falso gracias a los experimentos y al pensamiento lógico. Después de visitar Londres se enteró de que existía la idea de establecer una escuela de comercio en Dinamarca. Logró hacerse presidente del comité e insistió en que la escuela debía tener un punto de partida científico y no solo práctico. La escuela se llamó Instituto Politécnico, y hoy es conocida como Universidad Técnica de Dinamarca o simplemente DTU. Y lo hizo a imagen de la École Polytechnique que tanto le había gustado de París. Hoy es una de las universidades técnicas más prestigiosas de Europa. Podríamos decir que sin Ørsted, Niels Bohr, por ejemplo, no habría tenido las oportunidades de estudio que encontró en 1903.
Tuvo tiempo también para ser el primero que aisló el aluminio por electrólisis en 1825. Aquello tenía su importancia porque durante el siglo XIX la producción de aluminio era tan costosa que un gramo costaba 37,5 céntimos de dólar mientras que el gramo de oro costaba 4,5 céntimos. También descubrió y aisló la piperina, una sustancia que se encuentra en la pimienta negra.
Vamos con el segundo de los Hans Christian, y no es otro que Hans Christian Andersen, escritor y poeta famoso, sobre todo, por sus cuentos infantiles entre los que hay algunos tan famosos como La sirenita, El traje nuevo del emperador, >El patito feo, La princesa y el guisante, y otros. Os suenan, ¿verdad?
Una anécdota que he encontrado curiosa de este último. Hace mucho tiempo los escandinavos estudiaron las cigüeñas. Estas aves viven durante 70 años, aproximadamente, volvían a las chimeneas año tras año y eran monógamas. Los hijos, cuando eran adultos, daban grandes cuidados a sus progenitores, ya viejos o incapacitados, alimentándolos y protegiéndolos con sus alas extendidas. Los romanos, impresionados por estos cuidados tan altruistas, aprobaron una legislación llamada Lex Ciconaria>> o Ley de la Cigüeña, por la que se obligaba a los hijos a cuidar de sus ancianos. ¿Sabéis quién popularizó el mito de la cigüeña gracias a sus cuentos en el siglo XIX? Efectivamente, Hans Christian Andersen.
Cuando ambos Hans Christian se conocieron, Ørsted tenía 44 años y Andersen 16. El primero de ellos era ya un científico famoso y reputado, mientras que el segundo era el humilde hijo de un zapatero que acababa de aterrizar por allá. A primera vista, eran totalmente diferentes, incluyendo los momentos de la vida de ambos debido a la edad tan diferente que tenían. Sería lógico pensar que nunca se iba a establecer una relación personal entre ellos; lo máximo, decirse hola y poco más. Pero no fue así.
Poco a poco se empezó a establecer entre ellos una relación mentor-alumno más de tipo paternal que no amistosa. Andersen se convirtió pronto en un invitado habitual a comer en casa de los Ørsted una vez por semana. También fue una tradición que Andersen fuera las mañanas de Navidad para hacer la decoración del árbol y escribir pequeños versos para adjuntarlos a los regalos de Navidad.
Con el tiempo llegaron a tratarse con una auténtica amistad de igual a igual, a la vez que también con una profunda profesionalidad. Los escritos del joven Andersen estuvieron muy influenciados por el punto de vista que tenía su mentor sobre la naturaleza. A su vez, el joven también disfrutaba del reconocimiento y del aprecio que le dedicaba el que era, en aquel entonces, uno de los físicos más famosos del mundo.
En su correspondencia, el joven se refería al mayor como El Gran Hans Christian mientras que firmaba humildemente como El Pequeño Hans Christian. Pero fue también una influencia en ambos sentidos, pues Ørsted también se adentró en el mundo de la poesía, indudablemente influido por el Pequeño Hans Christian, escribiendo un ciclo de poemas conocido como The Airship.
La calidez, ayuda y respeto que el Pequeño Hans Christian recibió del Grande se resume en una frase que dijo el primero sobre el segundo: Ørsted es probablemente el hombre al que más he amado.
Y es que el apoyo moral de Ørsted fue de gran importancia, quizás decisiva, para los escritos de Andersen. Fue el primero en reconocer en 1833 un gran potencial en los dibujos que había hecho durante un viaje a Italia y le aconsejó también que viajara cuanto más mejor. En 1835, el Pequeño Hans Christian estaba en Dinamarca de vuelta de un viaje por Europa y publicó su primera novela The Improvisatore así como su primer volumen de cuentos infantiles. Ørsted le hizo un elogio y un profético comentario: El Improvisatore te hará famoso, los cuentos te harán inmortal.
Decíamos que el intercambio de ideas también influyó en Ørsted. Pronto desarrolló una línea de pensamiento que enfatizaba sobre las conexiones y analogías entre la naturaleza y el espíritu humano. Para él, el mismo espíritu estaba en los fenómenos de la naturaleza y en las creaciones del hombre, como el arte. Esos pensamientos natural-religiosos los plasmó en un libro que tocó la fibra de Andersen, quien después de leerlo escribió una larga carta a Ørsted: Nuestro Señor no tiene inconveniente en ser contemplado a través del entendimiento que Él mismo nos dio; no iré a Dios con los ojos cerrados; abriré mis ojos, veré y sabré, y aunque no gane otra cosa que del hombre que solo cree, mis pensamientos se han visto enriquecidos. Estoy encantado con su libro, y encantado conmigo mismo porque puedo leerlo tan fácilmente que parece casi el resultado de mis propios pensamientos; al leerlo me atrevo a decir: «Sí, esto es lo que yo también habría dicho». La verdad que contiene ha entrado en mí y se ha convertido en parte de mí.
Y partes de la visión de la Naturaleza de Ørsted pueden ser también encontradas en los escritos de Andersen, sobre la búsqueda del principio que lo subyace todo, el origen de todas las cosas, la razón divina. Ambos compartieron un pensamiento poco ortodoxo respecto a la religión. Como era habitual en su época, creían en Dios, pero se identificaban en un cristianismo sin condenas ni castigo eterno. Pensaban que la fe no debía impedir que uno hiciera lo que creía que debía hacer. También compartían un punto de vista optimista del progreso y tenían el mismo entusiasmo por los descubrimientos. Hay varios relatos de Andersen sobre su actitud entusiasta y sin reserva de los avances tecnológicos de la época, como el ferrocarril, la fotografía o el telégrafo. Este último, por cierto, gracias, entre otras cosas, al descubrimiento que había hecho su mentor.
Fue una relación que duró 30 años y que sólo finalizó con la muerte de Ørsted, el 9 de marzo de 1851. No solo Andersen, sino toda la población danesa sintió mucho su muerte puesto que, gracias a sus descubrimientos y a sus dotes de orador, había contribuido a transmitir una imagen activa y positiva de Dinamarca. Sus restos reposan en el Cementerio Assistens.
En su autobiografía The Fairy Tale of My Life, el propio Andersen nos describía su amistad con Ørsted:
(…) fue como un guía divino que me hizo acercarme precisamente a la mejor y más noble gente, esas personas cuya importancia no tenia ni idea de cómo apreciar. Desde el primer momento hasta su muerte, Ørsted siguió mi evolución con simpatía creciente que se transformó en verdadera amistad en los últimos días de su vida. Ejerció gran influencia en el desarrollo de mis dones y fue más que nadie quien me dio apoyo moral todo el tiempo que fui desarrollando mi talento poético; fue quien me infundió valor y profetizó un futuro reconocimiento incluso en mi propio país. Su casa pronto llegó a ser un hogar para mí; jugué con sus hijos mientras eran pequeños y los vi crecer y pude ver cómo mantenían afecto por mí; fue en aquel hogar donde encontré al mayor y más fiel de mis amigos.
Posteriormente a la muerte de Ørsted, Andersen formó parte de las vidas de sus hijos. Murió 24 años después convirtiéndose, como proféticamente le había anticipado su mentor y amigo, en inmortal. Y quizás así lo sea, al menos astronómicamente hablando ya que en 1976, el astrónomo Nikolái Chernyj bautizó al asteroide 2476 con el nombre de Andersen en honor al pequeño Hans Christian.
El 23 de febrero de 1999, Dinamarca lanzaba su primer satélite artificial a bordo de un cohete Delta desde la base Vandenberg de la Fuerza Aérea. Tenía como misión cartografiar el campo magnético de la Tierra y la medición de partículas cargadas. El nombre del satélite: Ørsted.
Así que podemos afirmar que tenemos a dos Hans Christian por el espacio.
Fuentes:
Ane Grum-Schwensen, Little Hans Christian and great Hans Christian: the poet and the scientist.
https://nbi.ku.dk/hhh/hco/oersted/uddannelsen/






