Mi madre, la Científica

Publicado el 22 de junio de 2026 en Historias de la ciencia por omalaled
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En 1966, la clase de primero de la Sra. Weddle en la Escuela Primaria Las Lomitas mandó su primera tarea: debíamos averiguar a qué se dedicaban nuestros padres y luego regresar y contárselo a la clase. Al día siguiente, mientras mis impecables compañeros presumían de sus padres, yo estaba nervioso. Para empezar, temía a la Sra. Weddle: ahora sé que probablemente era inofensiva, pero para un niño tímido, pequeño y nervioso, parecía una monstruosa patata asada parlante. Además, yo tenía una sorpresa y no estaba seguro de cómo la recibirían. «Mi papá es científico», dije, y la Sra. Weddle se giró para escribir la información en la pizarra. Entonces dejé caer la bomba: «¡Y mi mamá es científica!». Veinticinco pares de ojos de primer grado me miraron fijamente, preguntándose de qué demonios estaba hablando. Fue entonces cuando empecé a comprender lo inusual que era mi madre.

Hoy, tras más de cuatro décadas de investigación geofísica, mi madre, Joan Feynman, se prepara para jubilarse como científica del Jet Propulsion Laboratory de la NASA. Probablemente sea más conocida por desarrollar un modelo estadístico para calcular la cantidad de partículas de alta energía que pueden impactar en una nave espacial a lo largo de su vida útil y por su método para predecir los ciclos de manchas solares. Ambos son utilizados por científicos de todo el mundo. Sin embargo, más allá de todo esto, la carrera de mi madre ilustra el enorme cambio en la forma en que Estados Unidos considera lo que, hace solo unas décadas, era extremadamente raro: una científica que es mujer y también madre.

Convertirse en científica ya es bastante difícil. Pero convertirse en una mientras se enfrentaba a un mar de mentiras, insultos, burlas y desaprobación, fue lo que tuvo que hacer mi madre. Si tal trato es inimaginable (o, al menos, inusual) hoy en día, se debe en gran medida a que mi madre y otras científicas de su generación demostraron estar a la altura de cualquier obstáculo que se les presentara.

Mi introducción a la química llegó en 1970, un día en que mi madre horneaba pan jalá [un pan trenzado especial que se consume en Shabat y en las festividades judías] para el Año Nuevo judío. Tenía unos 10 años, y aunque cocinar me parecía poco masculino para un chico que jugaba de campocorto [cierto tipo de jugador en béisbol] en Village Host Pizza, en las ligas infantiles de Menlo Park, California, me convenció para que le ayudara. Cuando el pan estaba en el horno, me dio un frasco de pastillas de plástico y un corcho. Me dijo que espolvoreara un poco de bicarbonato de sodio en el frasco, luego un poco de vinagre y que pusiera el tapón lo más rápido posible. Se produjo un violento e inesperado estallido cuando el corcho salió volando y me golpeó en la frente. Comida explosiva: ¡Estaba extasiado! «Eso se llama reacción química», dijo, mientras me limpiaba la camisa. «El vinagre es un ácido y el bicarbonato una base, y eso es lo que pasa cuando los mezclas». Después de aquello, nunca entendí a qué se referían los demás niños cuando decían que la ciencia era aburrida.

Uno de los primeros recuerdos de mi madre es el de estar de pie en su cuna, a los 2 años aproximadamente, tirando del pelo a su hermano de 11 años. Aquel hermano, su único hermano, no era otro que Richard Feynman, destinado a convertirse en uno de los más grandes físicos teóricos de su generación: el enfant terrible del Proyecto Manhattan, pionero de la electrodinámica cuántica, padre de la nanotecnología, ganador del Premio Nobel, etc. Por aquel entonces, le enseñaba a su hermana a resolver problemas matemáticos sencillos y la recompensaba por cada respuesta correcta dejándola que le tirara del pelo mientras él hacía muecas. Cuando no estaba con ella, a menudo se le veía deambulando por Far Rockaway, Nueva York, con un destornillador en el bolsillo, reparando radios (a los 11 años, claro está).

Mi madre adoraba a su hermano, y nunca dudó en lo que llegaría a ser. Para cuando ella tenía 5 años, Richard la contrató por 2 centavos a la semana para que le ayudara en el laboratorio de electrónica que había construido en su habitación. «Mi trabajo consistía en accionar ciertos interruptores cuando me lo pedía», recuerda. «Tenía que subirme a una caja para alcanzarlos. Además, a veces metía el dedo en una vía de chispas para que sus amigos se divirtieran». Por la noche, cuando ella pedía un vaso de agua, Riddy, como llamaban a Richard, demostraba la fuerza centrífuga haciéndolo girar en el aire de modo que el vaso quedara boca abajo durante parte del movimiento. «Hasta que, una noche», recuerda mi madre, «el vaso se le resbaló de la mano y voló por la habitación».

Richard explicaba el milagroso hecho de que el perro de la familia, la máquina de hacer gofres y la propia Joan estaban hechos de átomos. Pasaba la mano por la esquina de un marco, le describía un triángulo rectángulo y le hacía repetir que la suma del cuadrado de los catetos era igual al cuadrado de la hipotenusa. «No tenía ni idea de qué significaba», dice, «pero lo recitaba como un poema, así que a mí también me encantaba recitarlo». Una noche, la sacó de la cama y la llevó afuera, calle abajo, hasta un campo de golf cercano. Señaló destellos de una magnífica luz que se extendían por el cielo. Era una aurora boreal. Mi madre había descubierto su destino.

En aquel momento empezaron los problemas. Su madre, Lucille Feynman, era una mujer sofisticada y compasiva que había marchado por el sufragio femenino en su juventud. Sin embargo, cuando Joanie, de 8 años, anunció que quería ser científica, la abuela le explicó que era imposible. «Las mujeres no pueden dedicarse a la ciencia», dijo, «porque sus cerebros no pueden comprenderla lo suficiente». Mi madre se subió a un sillón de la sala y sollozó en el cojín. «Sé que ella creía que me estaba contando la cruda verdad. Pero fue devastador para una niña que le dijeran que todos sus sueños eran imposibles. Y desde entonces he dudado de mis capacidades».

El hecho de que la química más grande de la época, Marie Curie, fuera mujer no le consolaba. «Para mí, Madame Curie era un personaje mitológico», decía mi madre, «no una persona real a la que pudiera aspirar a emular». No fue hasta su 14 cumpleaños, el 31 de marzo de 1942, en que reavivó su idea de convertirse en científica. Richard le regaló un libro titulado Astronomía. «Era un libro de texto universitario. Empezaba a leerlo, me atascaba y volvía a empezar. Duró meses, pero seguí adelante. Cuando llegué a la página 407, me encontré con un gráfico que cambió mi vida». Mi madre cierra los ojos y recita de memoria: «Intensidades relativas de la línea de absorción de Mg+ a 4,481 angstroms… de Atmósferas Estelares de Cecilia Payne». ¡Cecilia Payne! Era una prueba científica de que una mujer era capaz de escribir un libro que, a su vez, fue citado en un texto. El secreto se había revelado.

Mi madre me habló sobre resonancias cuando tenía unos 12 años. Estábamos de acampada y necesitábamos leña para hacer fuego. Mi hermano, mi hermana y yo buscamos por todas partes, sin suerte. Mamá vio una rama muerta en lo alto de un árbol. Se acercó al tronco y lo sacudió. «Fijaos bien», nos dijo, señalando las ramas. «Cada rama vibra a una frecuencia diferente». Vimos que tenía razón. ¿Y qué? «Observad la rama muerta», continuó. «Si sacudimos el tronco al ritmo justo, podemos igualar su frecuencia y se caerá». Pronto estábamos asando malvaviscos.

La cantidad de abusos a los que fue sometida mi madre desde 1944, cuando ingresó en el Oberlin College, es demasiado larga e implacable para registrarlo en su totalidad. En Oberlin, su compañero de laboratorio no estaba bien preparado para el curso de física de nivel avanzado en el que estaban inscritas, así que mi madre hizo todos los experimentos por sí misma. Su compañero tomó muchísimas notas y sacó una A. Mi madre sacó una D. «Él entiende lo que hace», explicó el instructor del laboratorio, «y tú no». En el posgrado, un profesor de física del estado sólido le aconsejó que hiciera su tesis doctoral sobre telarañas, porque se las encontraría al limpiar. No siguió el consejo; su tesis se tituló «Absorción de radiación infrarroja en cristales con estructura reticular de tipo diamante». Después de graduarse, descubrió que la sección demandas de trabajo de The New York Times estaba dividida entre hombres y mujeres, y ella no podía colar anuncio entre los hombres, el único lugar donde cualquiera que necesitara un científico investigador se molestaría en buscar.

En aquella época, incluso la decana de la mujer en la Universidad de Columbia decía que la «maternidad sensata» era «el trabajo más útil y satisfactorio que las mujeres pueden desempeñar». Mi madre intentó ser una madre sensata y casi la mata. Durante tres años, cocinó, limpió y nos cuidó a mi hermano y a mí, dos bebés tercos y volubles.

Un día de 1964, se dispuso a tirar el escurridor de platos por la ventana de la cocina y decidió buscar ayuda profesional. «Tuve muchísima suerte», recuerda, «de encontrar un psicólogo lo suficientemente realista como para animarme a buscar trabajo. No pensé que nadie me contrataría, pero lo hice». Solicitó plaza en el Observatorio Lamont-Doherty y, para su asombro, recibió tres ofertas. Optó por trabajar a tiempo parcial, estudiando la relación entre el viento solar y la magnetosfera. Pronto sería de las primeras en anunciar que la magnetosfera, en la parte opuesta al Sol, tenía una cola larga en lugar de tener forma de lágrima cerrada, como se creía.

Mi madre me introdujo a la física cuando tenía unos 14 años. Me encantaba la música bluegrass [un tipo de música country] y me enteré de que Ralph Stanley venía a la ciudad con sus Clinch Mountain Boys. Aunque mi madre no compartía mi gusto por la música hillbilly, aceptó llevarme. El momento culminante resultó ser la versión de «Orange Blossom Special» del violinista Curly Ray Cline, una pieza espectacular en la que el violín imita el sonido de un tren que se acerca y se aleja. Mi madre se puso de pie y bailó un buck and wing, y cuando, para mi gran alivio, se sentó, dijo: «¿Qué buena melodía, eh? Está basada en el efecto Doppler». Esto no es lo que uno espera oír en referencia al repertorio de Curly Ray Cline. Más tarde, mientras comíamos aros de cebolla en el Rockybilt Café, explicó: Cuando el tren llega, su sonido se desplaza a frecuencias más altas. Y cuando se va, su sonido se desplaza a frecuencias más bajas. Eso se llama efecto Doppler. Puedes ver lo mismo al mirar una estrella: si la fuente de luz se acerca, se desplaza hacia el azul; si se aleja, se desplaza hacia el rojo. La mayoría de las estrellas se desplazan hacia el rojo porque el universo se está expandiendo.

No puedo fingir que, de niño, me encantaba tener una madre científica. Cuando veía a la Sra. Brady en la televisión, a veces deseaba tener lo que yo consideraba una madre con delantal. Y entonces, de repente, me concedieron el deseo.

Era 1971 y mi madre trabajaba para la NASA en el Centro de Investigación Ames de California. Acababa de hacer un descubrimiento importante sobre el viento solar, que tiene dos estados: estable y transitorio. Este último consiste en bocanadas de materia, también conocidas como eyecciones de masa coronal que, aunque conocidas desde hacía tiempo, eran notoriamente difíciles de encontrar. Mi madre demostró que se podían reconocer por la gran cantidad de helio presente en el viento solar. Su carrera estaba floreciendo. Pero la economía estaba en recesión y el presupuesto de la NASA se redujo drásticamente. Mi madre volvió a ser ama de casa. Durante meses, mientras buscaba trabajo, la severa depresión que la había atormentado años atrás comenzó a reaparecer.
A mamá le habían enseñado a recurrir a la sinagoga en tiempos difíciles, y parecía tener especial sentido en este caso, porque nuestra sinagoga tenía más científicos que la mayoría de las universidades de la Ivy League. Nuestro rabino, un célebre activista por los derechos civiles, organizaba reuniones para cerebritos desempleados. Pero cuando mi madre pidió una invitación a una de aquellas reuniones, la acusó de egoísta. «Al fin y al cabo, ahora mismo hay hombres sin trabajo».

«Pero, rabino», dijo, «es mi vida».

Recuerdo que llegó a casa aquello noche, metió comida en el refrigerador y luego sacó la aspiradora. La encendió, la empujó de un lado a otro por el suelo varias veces, luego la apagó y rompió a llorar. En un instante, yo también estaba llorando y mi madre me estuvo consolando. Nos quedamos allí un buen rato.

«Sé que me quieres aquí», me dijo. «Pero puedo ser una mamá a tiempo parcial o una loca a tiempo completo».

Unos meses después, contrataron a mamá como investigadora científica en el Centro Nacional de Investigación Atmosférica y nos mudamos a Boulder, Colorado. A partir de entonces, decidió «seguir la financiación de la investigación por todo el país, como los lapones siguen a las manadas de renos». Siguió su carrera hasta Washington, D.C., para trabajar en la Fundación Nacional de Ciencias, luego en el Departamento de Física del Boston College y, finalmente, en 1985, en el JPL, donde ha permanecido desde entonces. Durante su trayectoria, desveló algunos de los misterios de las auroras. Utilizando datos del Explorer 33, demostró que las auroras se producen cuando el campo magnético del viento solar interactúa con el campo magnético de la Tierra.

En 1974, se incorporó a la Unión Geofísica Americana (AGU) y lideró un comité para garantizar que las mujeres en su campo recibieran un trato justo. En 1999, fue nombrada una de las científicas de élite del JPL y al año siguiente recibió la Medalla al Logro Científico Excepcional de la NASA.

Pronto se jubilará, pero esa jubilación, como la imagina mi madre, la científica, significa embarcarse en un nuevo proyecto: comparar los cambios recientes en el clima de la Tierra con los históricos. Es un tema muy importante si tenemos en cuenta que incluso un pequeño cambio en la energía solar podría convertir Long Island en una pista de patinaje, como lo era hace unos 10.000 años.

Lo primero que hice al llegar a casa después la clase de la Sra. Weddle aquel día de 1966 fue preguntarle a mi madre a qué se dedicaba mi padre. Me dijo que él era científico, y que ella también. Le pregunté qué era un científico, y me dio una cuchara. «Déjala caer sobre la mesa», dijo. La dejé caer al suelo. «¿Por qué se cayó?», preguntó. «¿Por qué no subió hasta el techo?». Nunca se me había ocurrido que hubiera un «por qué». «Por la gravedad», dijo. «Una cuchara siempre cae, un globo aerostático siempre sube». Dejé caer la cuchara una y otra vez hasta que me hizo parar. Yo no tenía ni idea de qué era la gravedad, pero la idea del «¿por qué?» me daba vueltas en la cabeza. Fue entonces cuando tomé la decisión: al día siguiente, en la escuela, no solo les contaría lo que hacía mi padre. También les contaría lo que hacía mi madre.

Foto de Joan Feynman

Fuente:
Charles Hirshberg, 2002 Popular Science News.
http://www.popsci.com/scitech/article/2002-04/my-mother-scientist/



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