Un minuto de silencio antes de sermonear
Llovía el año 1766 en la ciudad francesa de Abbeville. Eran gotas de agua como las de ahora. Muchas calles todavía conservan la misma calzada y muchas casa mantienen la misma fachada.
Hace sólo dos siglos y medio, el joven De la Barre no se descubrió respetuosamente mientras pasaba una procesión religiosa capuchina. No se quería mojar. Puede que tuviera frío. Puede que fuera muy presumido. Puede que no sintiera gran devoción. Lástima. Fue acusado y condenado por blasfemia. Lo sentenciaron a “tortura ordinaria y extraordinaria”, es decir, le cortaron las manos y le arrancaron la lengua con unas pinzas. Finalmente, lo quemaron vivo.
Lo que es importante de este suceso terrorífico no es el hecho que Voltaire quedase impresionado para el resto de su existencia. O que se utilizase en vano el nombre de Dios. Lo que es más significativo es la cultura del desprecio por la vida que permitía que esto sucediese. El sentimiento general de que se administraba la justicia divina. La grave complicidad de los que habían pervertido el mensaje original. La aplicación del mal absoluto en nombre del bien absoluto. El fanatismo llevado a las últimas consecuencias. Algunas interpretaciones del islam continúan practicando hoy las mismas barbaridades.
La vida ha tenido, durante mucho tiempo, poco valor, incluso (o puede que sobre todo) por a gran mayoría de las religiones organizadas, aunque se presenten a menudo como sus grandes defensoras. En nombre de la fe y por la fe han muerto y se han matado millones de personas. Las autoridades eclesiásticas han dictado sentencias individuales y masivas. Han bendecido todo tipo de armas y guerras. Han aceptado como normal los asesinatos y las matanzas. Y la invocación de Dios ha movilizado miles de ejércitos hacia la destrucción indiscriminada.
El lenguaje dogmático de todos los fundamentalismos, islámicos o no, el de aquellos que creen que se hace justicia cuando caen las torres gemelas, el de los que predican la guerra contra el infiel, el de los que postulan un único camino de salvación, en el fondo, nos resulta familiar. Su concepto de verdad absoluta, su menosprecio por la vida personal, su indiferencia ante la libertad y el respeto de los derechos humanos, nos remonta a épocas no muy lejanas del discurso vaticano. Su visión apocalíptica, su mirada pesimista sobre el paso del ser humano por la Tierra y su misticismo trascendentalista no son muy diferentes de algunos sermones y algunas manifestaciones actuales, especialmente durante la Semana Santa. La vida es, en el fondo, un valle de lágrimas, una expiación, un tránsito.
Las religiones tendrían que guardar un minuto de silencio antes de sermonear sobre la vida y la muerte.
Fuente:
“Déu és raonable”, Santiago Ramentol



