Justus von Liebig

Publicado el 21 de septiembre de 2009 en Historias de la ciencia por omalaled
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Hoy os quiero hablar de un científico poco conocido, pero no por ello menos interesante. Puede ser considerado el padre de bastantes cosas y, nosotros, como malos hijos, lo tenemos relegado al olvido. Se llamaba Justus von Liebig.

Nacido en 1803, su padre se dedicaba a trabajar con sales y pigmentos, y con ellos hacía experimentos químicos como aficionado. Con 15 años, el joven Liebig se convirtió en aprendiz de boticario, pero no descansó hasta que pudo ir a la Universidad.

Con el tiempo fue a París y pudo conocer a gente de la talla de Alexander von Humboldt y Georges Cuvier y trabajó también en el laboratorio de Gay-Lussac. Con 21 años completó una serie de investigaciones. Veamos, muchos compuestos orgánicos están formados únicamente por carbono, hidrógeno y oxígeno. Una vez medidos el carbono y el hidrógeno y dando por supuesta la presencia de oxígeno, podía determinarse la fórmula química. Hacia 1811 Gay-Lussac había obtenido las fórmulas empíricas de algunos azúcares simples. Pero el procedimiento fue mejorado por Liebig. En 1831 obtuvo algunas fórmulas empíricas claramente fiables y poco más tarde, en 1833, Jean Baptiste Dumas ideó una modificación del método que permitía al químico recoger el nitrógeno, de manera que podían detectarse las porciones de nitrógeno en una sustancia orgánica.

Aquí es donde se da una de aquellas coincidencias de la historia, o quizás una de aquellas cosas que tenían que pasar tarde o temprano, que desembocó en un nuevo descubrimiento. Resulta que mientras Liebig estudiaba un tipo de compuestos llamados fulminatos, otro químico, Friederich Whöler, estudiaba otro tipo de compuestos llamados cianatos. Ambos personajes enviaron un artículo a Gay-Lussac para que los publicara en su revista; pero al leer ambos artículos, este último se dio cuenta de un hecho asombroso: las propiedades descritas por los compuestos de los diferentes tipos eran, efectivamente, muy diferentes, pero la fórmula empírica ¡era exactamente la misma! Por ejemplo, tanto el cianato de plata como el fulminato de planta tenían en su fórmula un átomo de plata, uno de oxígeno, uno de nitrógeno y uno de carbono.

Gay-Lussac le comentó este detalle al químico más famoso del mundo del momento: Jacob Berzelius. Se quedó tan asombrado que al principio no lo creyó, pero tuvo que aceptarlo con un problema similar con los ácidos tartárico y racémico (la magnífica historia de estos dos ácidos ya os la expliqué).

O sea que en una molécula no sólo debía importar de qué átomos estaba compuesta, sino que también era importante el modo en que dichos átomos se distribuían por la molécula. Berzelius sugirió el nombre de isómeros para aquel tipo de compuestos que tenían igual fórmula pero diferentes propiedades.

Como resultado de aquellas publicaciones, Liebig y Whöler se hicieron grandes amigos y realizaron posteriormente varias investigaciones juntos.

Con 21 años, nuestro hombre empezó a dar clases en la Universidad de Giessen. Hay quien afirma que fue el mejor profesor de química de todos los tiempos. No sé si una valoración de este tipo puede aceptarse de forma definitiva, pero lo que sí está claro es que fue el primero que organizó un laboratorio para que lo utilizaran los estudiantes, algo que hoy nos parece algo natural. No solo eso. Liebig permitió a veces que sus estudiantes publicaran por sí mismos, cosa inusual en un profesor de la época. Aunque como él mismo confesó a un colega: Si es algo bueno, una parte del mérito se me atribuirá, y no tengo que defender los errores. ¿Entiendes?

Además, como también dijo: en esta ciudad pequeña y sin lustre los estudiantes no tienen otra cosa que hacer que trabajar. Giessen se convirtió, gracias a él, en el centro intelectual mundial durante un cuarto de siglo. Un rival francés denominó a aquella escuela “agujero infernal”, ya que dio un montón de lumbreras de químicos la siguiente generación.

Fue también un gran divulgador, quien explicó en sus Cartas químicas las cosas con tal claridad que hubo hasta cocineros que aprovecharon la información contenida en ellas para mejorar sus recetas de cocina. Es más: su editor le intentó convencer para que escribiera un libro de cocina. Liebig no accedió a ello, pero sí le hizo averiguar, dentro de su especialidad, todo lo que pudiera acerca de los jugos cárnicos. De ello sí escribió un libro que puede ser considerado el primero sobre la “cocina científica”.

Se concentró en los cambios químicos que se daban durante el proceso del cocinado. Fue uno de los que ayudó a establecer que el cuerpo saca la energía de la oxidación de los alimentos en el interior del cuerpo. Tuvo un enfrentamiento con Pasteur porque pensaba que la fermentación era un proceso puramente químico y que no implicaba vida. En este asunto estaba equivocado. No seré yo quien se lo eche en cara, desde luego.

También estudió la química agrícola. Fue el primero en afirmar que la fertilidad del suelo se perdía porque las plantas consumían su contenido mineral, o sea, que se agotaban los elementos esenciales para la vida como el sodio, el potasio, el calcio y el fósforo. Siguiendo esta línea, fue el primero también en hacer experimentos en la fertilización de los suelos añadiendo abonos químicos, en lugar del estiércol. Al principio no obtuvo éxito porque pensaba que el nitrógeno lo tomaban las plantas de la atmósfera ya que Boussingault había demostrado que era así para las legumbres. No obstante, rectificó, y el uso de abonos químicos se ha multiplicado hasta llegar a nuestros días. Esto ayudó a reducir epidemias por la eliminación de los montones de estiércol y por primera vez en la historia era posible producir suficientes alimentos para satisfacer las necesidades de la creciente población mundial y evitar las hambrunas.

Popularizó la Ley del Mínimo o Ley de Liebig, que había sido formulada por Carl Sprengel. Sucedía que en la agricultura un incremento de los nutrientes por encima de las necesidades no incrementaba el crecimiento vegetal. Se tenía que considerar el nutriente menos abundante que había en el suelo. O sea que la disponibilidad del más abundante era, de hecho, como la del menos abundante. Para explicarlo mejor, Liebig puso la imagen de un barril al que intentaba echar más y más agua.

Barril de Liebig

Según Liebig, la ley del mínimo se puede expresar en la imagen de ese barril: la madera más corta limita la capacidad de almacenar líquido.

Un rumor de la época había amenazado con convertirse en un escándalo. Afirmaba que a la cerveza rubia producida por dos de las principales cervecerías en Burton-on-Trent, Allsopp’s y Bass, se le estaba añadiendo estricnina para aumentar su amargor. Para desmentirlo, las cervecerías habían entrado en contacto con los dos químicos más famosos de Inglaterra, Thomas Graham y August Wilhelm von Hoffmann.

Ambos dedujeron de sus análisis que la cerveza era inocua, pero Hoffmann, que había sido discípulo de Liebig, sugirió a Allsopp’s que sus conclusiones serían más convincentes si estuvieran apoyadas por la palabra del mejor químico del día, el barón (como era entonces) Justus von Liebig. Por una exagerada carta abierta afirmando la excelencia de la cerveza inglesa, Liebig recibió la entonces no desdeñable suma de cien libras. ¿Y cuál fue el experimento que hizo Liebig para confirmarlo? En su carta a Hoffmann, reconoció que el test principal consistió en beber una botella con gran placer. Por supuesto, Liebig tenía total confianza en el análisis de su discípulo. Nuestro hombre acató sin ninguna vergüenza las instrucciones de Allsopp’s acerca de cómo debería redactarse la recomendación.

Su testimonio apareció muy pronto en vallas publicitarias y periódicos. Acto seguido, el competidor de Allsopp’s, Bass, pidió un favor análogo, por el que le pagaron una suma desconocida.

Ahora imaginad a este hombre que, con 29 años, había fundado y editado Annalen der Chemie, revista que llegó a ser líder en cuestiones de química en alemán; que con 34 años había sido elegido miembro de la Real Academia de las Ciencias de Suecia y nombrado barón a sus 42, que había popularizado el Condensador de Liebig y que había diseñado un nuevo procedimiento para platear los espejos.

Pues bien, cuando contaba con 51 años y el citado currículum, su médico de cabecera le explicó que tenía una paciente de 17 años que padecía la escarlatina. La paciente estaba tan débil que apenas podía ingerir alimentos por sí misma. Iba a morir sin remedio como no se hallaba un remedio para alimentarla.

Nuestro hombre en persona fue a conseguir carne de conejo y se pasó la noche entera sin dormir para, aprovechando todo su conocimiento científico, llevarle al día siguiente un caldo al médico que tenía los nutrientes vitales. La muchacha enferma debía tragar algo del mismo cada media hora. Efectivamente, aquella muchacha recobró fuerzas. Las suficientes para conceder al médico un baile para agradecérselo.

Los empresarios empezaron a ver un filón en el caldo de Liebig y el químico autorizó el uso de su nombre para fines comerciales. En 1865 se fundó la Liebig Extract of Meat Company. Por supuesto, tenía como director científico al mismo Liebig y la compañía aplicaba un procedimiento de su invención para preparar extractos cárnicos.

Un personaje de lo más prolífico, ¿verdad?

En 1867, fue un invitado de honor en la Exposición de París y en su discurso explicó cuál había sido la época más feliz de su vida:

Nunca olvidaré los años pasados en el laboratorio de Gay-Lussac. Cuando habíamos acabado un análisis fructífero (no hace falta que les diga que el método y el aparato descritos en nuestra memoria conjunta eran enteramente suyos), él me decía: «Ahora debes bailar conmigo como hacíamos Thénard [Louis Thénard había sido el maestro de Gay-Lussac] y yo cuando habíamos descubierto algo. Y entonces bailábamos.

Fuentes:
“Breve historia de la química”, Isaac Asimov
“El gato de Schrödinger en el árbol de Mandelbrot”, Ernst Peter Fischer
“Eurekas y Euforias”, Walter Gratzer
“Enciclopedia Biográfica de Ciencia y Tecnología (Tomo II)”, Isaac Asimov
http://ca.wikipedia.org/wiki/Llei_del_m%C3%ADnim (catalán)
http://en.wikipedia.org/wiki/Justus_von_Liebig
http://en.wikipedia.org/wiki/Liebig%27s_Law_of_the_Minimum



Hay 16 comentarios a 'Justus von Liebig'

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  1. #1.- Enviado por: Oscillator

    El día 21 de septiembre de 2009 a las 03:17

    Sin duda uno de los grandes, que pena que sea tan desconocido. Como siempre, excelente artículo !

  2. #2.- Enviado por: Marfil

    El día 21 de septiembre de 2009 a las 07:30

    Muy interesante artículo. ;)

  3. #3.- Enviado por: Nachop

    El día 21 de septiembre de 2009 a las 11:11

    Jajajaja Tenía su baile de la victoria, y le encantaba la cerveza… Esto si que es un cientifico “cercano”.
    omaled cada dia me hacen mas gracia las “anecdotas”. Lo que echo en falta son mas cientificos españoles… ¿tan poco hemos contribuido a la ciencia?

  4. #4.- Enviado por: panta

    El día 21 de septiembre de 2009 a las 12:07

    Se está perdiendo la seriedad y el rigor en los laboratorios de química : ya no se baila como antes :)
    Saludos

  5. #5.- Enviado por: Francisco

    El día 21 de septiembre de 2009 a las 17:48

    Mi novia, que estudió en la universidad Justus Liebig de Giessen, dice que siempre se ha preguntado si los métodos para fabricar avecrem y abono para plantas tendrán alguna relación entre sí. :-D

  6. #6.- Enviado por: Ulises7

    El día 21 de septiembre de 2009 a las 18:45

    ¡Excelente artículo! te felicito por tu labor de divulgación ciertamente es grato ver que hay gente que se interesa por la ciencia y por hacer llegar al gran público el conocimiento de esta.

    saludos

  7. #7.- Enviado por: Isod

    El día 22 de septiembre de 2009 a las 00:36

    Tu comentario sobre la cantidad de investigación que se realizaba en su Universidad, me hizo acudir a la Wikipedia. Allí citan unos cuantos doctorandos de Liebig: Carl Schmidt, Nikolay Zinin, Victor Regnault, Carl von Voit, Hermann von Fehling, Hermann Franz Moritz Kopp, August Kekulé, August von Hofmann, Lyon Playfair, Emil Erlenmeyer, Moritz Traube, Adolph Strecker, Wilhelm Henneberg.

    No soy experto en química y, a pesar de ello, me suenan unos cuantos. La Wiki inglesa tiene un artículo para cada uno de ellos (eso debe ser bastante significativo para personajes de hace dos siglos). Y hay muchísimas curiosidades en sus biografías, desde profesores de futuros Nobel hasta uno que, realmente, fue profesor privado del propio Alfred Nobel.

    Está claro que Liebig influyó positivamente en una generación completa de científicos germanos. Muchas gracias por la historia.

  8. #8.- Enviado por: Francisco

    El día 22 de septiembre de 2009 a las 11:12

    Una de las bellas ideas que enseña este artículo es que una sola persona con talento y medios puede crear de la nada una fuente de nuevos descubrimientos, talentos y (esto para los improbables lectores empresarios) negocios.

    Es necesario que los empresarios, y el estado, aprendan que meter dinero en investigación no es una donación caritativa, sino una auténtica mina para el futuro, sobre todo en el aspecto cultural, intelectual, científico y tecnológico.

    España todavía no tiene aprendida la lección.

  9. #9.- Enviado por: ricardo

    El día 22 de septiembre de 2009 a las 19:59

    Muy interesante artículo, como siempre. Me gustaría agregar un dato curioso: en Argentina, en la provincia de Entre Ríos, hay un pueblo que se llama Liebig, que se creó alrededor de un frigorífico que elaboraba el extracto de carne.

  10. #10.- Enviado por: omalaled

    El día 22 de septiembre de 2009 a las 22:45

    Oscillator, Marfil, Ulises7: muchas gracias a vosotros.
    Nachop: sí que hay. Aunque los dos más conocidos sean Ramón y Cajal y Severo Ochoa, de este último no he hablado y he leído una biografía. Por otra parte, échale un ojo a este enlace que seguro que disfrutarás: inventamos desde el cóctel Molotov hasta el futbolín :-)
    panta: parece ser que los científicos están (estamos, si me permites) muy dados a bailar. Es la tercera vez que sé que un científico famoso se ponía a bailar al encontrar algo.
    Francisco (1): pues la respuesta a tu novia es un sí rotundo :-)
    Isod: gracias a ti. Hay quien dice que una medida de un buen profesor es la cantidad de buenos alumnos y profesionales que genera. Este caso es evidente. Hay otro profesor que, en su día hizo algo parecido. Tanto que llegaron a decir que eran un montón de marcianos que habían venido a colonizar la Tierra. Era el barón Eötvös (hable de él aquí). Así que coincidimos en opinión.
    Francisco(2): nos falta mucho que aprender. Échale un ojo a lo que les pasó a Jordi Pétriz y Óscar Fornas (en El Pais).
    ricardo: pues ya sabemos de dónde salió :-)

    Salud!

  11. #11.- Enviado por: Julio César Millán Barco

    El día 22 de septiembre de 2009 a las 23:57

    Excelente artículo. Agradezco el día en que conocí este portal tan maravilloso “historias de la ciencia”

  12. #12.- Enviado por: qwerty

    El día 23 de septiembre de 2009 a las 01:33

    Me ha gustado mucho la historia, la anécdota de la publicidad para los dos competidores de cerveza. Me dice bastante sobre lo audaz que era, de forma que nunca debió dejar escapar ninguna oportunidad que le pasase por delante.

  13. #13.- Enviado por: Busscar

    El día 5 de diciembre de 2009 a las 19:07

    Esa muchacha que sufría de escarlatina debió bailar con el Sr. Liebig, con el doctor por qué?. He estado pensando que tu página tiene en su misma grandeza un defecto: por mas lento que trato de leer tus artículos siempre son tan fascinantes que se me hacen cortos y deliciosos. Déjame decirte que alguien me preguntaba una vez que quien había sido mi mejor maestro, espero no te ofendas pero he contestado que tú, pues gracias a tu labor he podido aprender y conocer cosas maravillosas de la ciencia de una manera tan amena. Salud !!

  14. #14.- Enviado por: omalaled

    El día 7 de diciembre de 2009 a las 00:02

    Busscar: ¿ofenderme? ufff, abrumadísimo por un elogio como ese. La ciencia es algo maravilloso, ¿verdad?

    Salud!

  15. #15.- Enviado por: ANGEL LEYVA GALAN

    El día 7 de febrero de 2012 a las 22:29

    Este artículo excelente, demuestra que no se puede olvidar el pasado, para poder comprender el presente y poder mejorar el futuro. Soy Profesor Universitario y he impartido conferencias de agroecología en varias partes del mundo. Escasos alumnos conocen este químico Alemán; para mi, imprescindible para poder explicar la Agroecología desde una base científica.
    Salud para el autor del artículo!!

  16. #16.- Enviado por: Angela Szilvia

    El día 2 de enero de 2013 a las 16:42

    Es un artículo excelente.

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