El mar que nos rodea
Dicen que los que vivimos cerca del mar no podemos pasar sin él. Creo que es verdad y el libro que hoy os quiero comentar habla precisamente del mar en todas su dimensiones. Es de Rachel Carson, la misma autora del Primavera Silenciosa que ya os comenté y que fue el precursor de la ecología. Aunque este libro está escrito en 1950, lo que explica es muy actual. Sé que el artículo es muy largo, pero prefiero hacerlo así que no en dos artículos. Espero que lo disfrutéis.
La primera parte habla de la formación de los mares. Esta parte (unas 100 páginas) me ha parecido un poco aburrida, pues explica cosas que hay en más libros, no por otra razón. Pero a partir de ahí, empieza a hablar del mar propiamente dicho y su relación con todo lo que le rodea (islas, viento, mareas, navegación, etc.) y se torna un libro absorbente, apasionado, interesantísimo y muy original. Esa es la parte que os explico.
Habla de la explosión del Krakatoa. En la primavera de 1883 empezó a salir humo y vapor por las grietas del cono volcánico y literalmente estalló. Toda la mitad norte de dicho cono desapareció. La isla, que antes se elevaba 420 metros sobre el nivel del mar se convirtió en una cavidad de 300 metros bajo su superficie. La erupción produjo una ola de 30 metros que barrió los poblados del litoral del estrecho. Murieron decenas de miles de personas. La ola fue percibida en las costas del océano Indico y el cabo de Hornos, dio la vuelta al cabo de Buena Esperanza, entró en el Atlántico y avanzó hacia el Norte llegando al canal de la Mancha. El ruido de la explosión se oyó en las islas Filipinas, en Australia y en la isla de Madagascar a cerca de 4.000 km de distancia. Las nubes de polvo llegaron a la estratosfera y fueron arrastradas alrededor del globo terrestre dando una serie de puestas de Sol espectaculares durante casi todo un año en todos los países del mundo. Por supuesto, la explosión de ese volcán es famosísima.
Pocos días después de la explosión un pequeño mono fue salvado en un tronco que flotaba en el estrecho de la Sonda. Tenía terribles quemaduras, pero sobrevivió. Increíble.
Hago un inciso en este párrafo que tiene relación, como se verá después. Una cuestión importante en la Teoría de la Evolución es el transporte de vida de un lugar a otro. Pues bien, los vientos han contribuido mucho a ello. Por ejemplo, las arañas: ¿cómo podían llegar a las islas? No se supo nada hasta que el hombre empezó a colonizar los cielos. Con redes especiales, los aviadores han recogido en zonas de la alta atmósfera muchas especies que habitan en las islas oceánicas. Las arañas han sido capturadas a más de 4.500 metros sobre la superficie de la Tierra. Algunos aviadores han pasado a través de gran número de sedosos filamentos: verdaderos paracaídas de arañas, a altitudes entre 3.000 y 4.500 metros. Muchos insectos han sido capturados también entre alturas de 1.800 a 4.500 metros de altura. Hasta 1.500 metros se han recogido semillas. Las aves emigrantes también contribuyen. De una bola de barro cogida en las plumas de un ave, Charles Darwin logró que se desarrollasen hasta 82 plantas que pertenecían a cinco especies distintas. Muchas semillas tienen ganchos o espinas perfectamente adaptadas para sujetarse a las plumas de las aves.
Continuamos con el Krakatoa. La catástrofe fue una excelente oportunidad para observar la colonización de dicha isla, con su suelo cubierto de una capa de lava y cenizas de gran espesor. Fue un experimento natural a gran escala. Tan pronto como pudieron visitarla, los científicos se plantaron allí para estudiarla y buscar huellas de vida. No se pudo encontrar ni una sola planta ni un solo animal. Sólo nueve meses después Cotteau comunicó que había descubierto una cosa viva. ¿Adivináis que fue? Pues una araña microscópica que estaba tejiendo su tela. Aparte de unos pocos vegetales y unas briznas de hierba, nada vivió en Krakatoa durante los 25 años siguientes. En 1908 empezaron a llegar mamíferos, ciertas aves, lagartos, culebras, etc. Según los científicos holandeses, el 90% de los nuevos pobladores pudieron haber llegado por el aire.
Habla de cómo el hombre ha cambiado el comportamiento de los animales salvajes. Cuando Robert Cushman Murphy visitó Trinidad del Sur en 1913 con parte de la tripulación del bergantín Daisy, las golondrinas de mar se posaron sobre las cabezas de los hombres que iban en el bote. Los albatros permitieron a los naturalistas caminar entre ellos respondiendo a los saludos de los visitantes. Cuando el ornitólogo inglés David Lack visitó las islas Galápagos un siglo después de Darwin, las rapaces se dejaban tocar, los atrapamoscas o copetones trataban de coger el pelo de las cabezas de los hombres para hacer sus nidos. Escribió:
Es un placer interesante tener los pájaros salvajes sobre nuestros hombros, y este placer podría ser más fácilmente disfrutado si el hombre fuese menos cruel.
Sabias palabras. Y es que la lucha por la supervivencia se suaviza en las islas. Cuando a ellas llega una especie invasora, los seres vivos de la misma son muy poco capaces de adaptarse a la nueva dificultad.
En 1918 Ernst Mayr hablaba de un vapor que naufragó cerca de la isla de Lord Howe, al este de Australia. Las ratas que transportaba nadaron hasta la costa. Al cabo de dos años habían exterminado casi por completo las aves indígenas. Un habitante de la isla escribió:
Este paraíso alegrado por las aves se ha convertido en un desierto, y la calma de la muerte reina donde antes todo eran melodías.
Vancouver llevó ganado y cabras a las islas Hawaii y el daño que hicieron a los bosques fue enorme. Muchas de las plantas introducidas fueron igualmente dañinas. Una planta llamada pamakani fue llevada allí, según se dice, por el capitán Makee para alegrar los hermosos jardines que el marino poseía en la isla de Maui. El pamakani tiene unas semillas muy ligeras que pueden ser transportadas por el viento. Pronto, dicha planta se diseminó fuera de los jardines del capitán arruinando los praderíos y pastizales de Maui y continuó saltando de isla en isla. Hoy día, en lugar de ver las especies autóctonas que saludaron al capitán Cook se pueden ver mainás de la India, cardenales de EEUU o Brasil, palomas de Asia, tejedores de Australia, alondras de Europa y carboneros de Japón.
Hacia 1513, cuando la isla de Santa Elena estaba recién descubierta, los portugueses introdujeron cabras en ella. En la isla crecía un bosque magnífico de palo gomero, ébano y palo del Brasil. El año 1560 las cabras se habían multiplicado tanto que sus rebaños tenían más de un kilómetro de largo. Pisoteaban arbolillos tiernos y comían plantas jóvenes. Por otro lado, los colonizadores empezaron a talar e incendiar bosques. No se sabe cuál fue el peor de los dos, pero hacia 1800 los bosques habían desaparecido. Alfred Wallace describió más tarde esa isla como “un desierto rocoso”.
Cuando el astrónomo Edmond Halley visitó las islas del Atlántico hacia 1700, desembarcó algunas cabras en Trinidad Sur. En un siglo desaparecieron los bosques. Una de las islas del Pacífico llamada Laysan, que es como una avanzada de la cadena de las Hawaii, estaba en otro tiempo cubierta por un bosque de sándalo y de palmeras de hojas palmeadas parecidas a los palmitos y vivían en ella cinco especies de aves que no existían en otro lugar más que en esa isla. Una de esas aves era el rascón de Laysan, un animal diminuto de no más de 18 cm de altura, con alas tan pequeñas que nunca eran utilizadas en el vuelo. Hacia 1887, el capitán de un barco que visitó la isla se llevó algunos ejemplares de esta especie a Midway, a unos 480 kilómetros al oeste, estableciendo una segunda colonia.
Poco después se introdujeron conejos en Laysan. En apenas 25 años destruyeron la vegetación de la isla y terminaron con todo, casi con ellos mismos. El último individuo pertenciente a los rálidos del que se tiene noticia murió hacia 1924.
La colonia de Laysan se podía haber salvado, de no haber sido por otra tragedia: la guerra. Durante la guerra del Pacífico las ratas invadieron una isla tras otra, procedentes de los buques que se acercaban a la costa. En 1943 llegaron a Midway y dieron muerte a los rascones jóvenes y adultos y se comieron sus huevos. El último rascón de Laysan superviviente fue visto en 1944. Otra víctima de la guerra.
Habla de las olas, de su formación y de que el hombre del tiempo, aunque hoy utiliza ordenadores, ha tenido fuertes competidores en los indígenas de las islas del Pacífico. Y es que las olas pueden haber sido generadas en temporales a 9.600 km de distancia. Durante muchas generaciones, estos indígenas sabían que después de cierta clase de olas se aproximaba un tifón. No son los únicos. Hace siglos, cuando los aldeanos de las solitarias costas de Irlanda veían aproximarse las grandes olas se estremecían y hablaban de las “olas de la muerte”.
Dice que las furias más terribles del océano se desatan cuando las corrientes de las mareas interceptan el paso de las olas o se mueven en sentido contrario hacia ellas. Es como el choque de dos fieras terribles y la causa de los famosos roosts de Escocia. Las instrucciones para la navegación de la zona son muy explícitas. El “North Sea Pilot” de 1875, que repiten literalmente los derroteros modernos, decía:
Antes de entrar en el Pentland Firth, todo los barcos deben estar preparados para cerrar las escotillas, y las escotillas de los barcos pequeños deben asegurarse, incluso cuando haga tiempo bonancible, pues es difícil predecir lo que sucede en la lejanía, y la transición de un agua tranquila a un mar picado es tan repentina que no da tiempo a prepararse.
Este fenómeno se produce también en la costas de Galicia, donde los amigos gallegos la llaman Marola y tienen un dicho: quen pasou a Marola, pasou a mar toda.
También habla de olas grandes. La mayor parte de los manuales habla de olas de 20 metros. Dumont d’Urville dijo que había visto una ola de 30 metros cerca del cabo de Buena Esperanza, aunque los científicos se mantuvieron escépticos.
En febrero de 1933, el barco Ramapo de los EEUU navegó durante 7 días con tiempo tormentoso. Dicha tormenta se extendió desde Kamchatka a Nueva York, e hizo posible que los vientos corrieran sin obstáculos miles de kilómetros. Uno de los oficiales afirmó que vio, a la luz de la Luna, una gran ola que se levantaba por popa a un nivel superior al de una de las gazas de hierro del puesto de vigía del palo mayor. Estaba de tal modo que toda su quilla y su popa se encontraban en el seno de la ola. Basándose en las dimensiones del barco y con pequeños cálculos dieron la altura de la ola: 34 metros.
Dice que hay costas que apenas han conocido un mar tranquilo. Refiriéndose a la Tierra del Fuego, Lord Bryce dijo: ¡No hay en todo el mundo una costa más terrible que esta!. Cuando las olas tronaban se oían a 30 kilómetros tierra adentro. Hasta Darwin escribió: La vista de una costa así basta para que un hombre de tierra adentro sueñe durante una semana con muertes, peligros y naufragios.
El primer hombre que midió la fuerza de una ola fue Thomas Stevenson, el padre de Robert Louis Stevenson, quien inventó un aparato llamado dinamómetro de oleaje. Los resultados son escalofriantes: una ola puede llegar hasta 30 toneladas por metro cuadrado.
En Wick, en la costa de Escocia, tenían un rompeolas que en 1872 estaba constituido por un bloque de hormigón que pesaba más de 800 toneladas unido sólidamente con abrazaderas de hierro a los bloques de piedra de los cimientos. En diciembre de aquel año vino un temporal tremendo. El ingeniero encargado de la vigilancia e inspección vio como la masa entera de cemento era arrancada de los cimientos y arrastrada al otro lado del rompeolas. Pasado el temporal, los buzos bajaron a examinar los efectos y vieron que no sólo el monolito de cemento, sino toda la masa inferior, unida a él por pernos de hierro, había sido arrastrada. Las olas habían roto, desprendido, levantado y movido una masa de no menos de 1.350 toneladas.
Los ingenieros quisieron curarse en salud e instalaron un nuevo rompeolas que pesaba unas 2.600 toneladas. Fue arrancado de la misma manera.
En Unst, la isla más septentrional de las Shetland, una puerta de un faro situada en (atención) 59,5 metros de altura fue abierta de par en par. En el faro de Bishop Rock, durante un temporal de invierno, una campana que estaba a 30 metros sobre el nivel del agua fue arrancada de su sitio.
En la costa atlántica de EEUU, la torre de 29 metros sobre el Minot’s Ledge se ve, con frecuencia, envuelta en masas de agua de las olas que rompen. El faro que existía en 1851 fue barrido. Durante una tormenta el torrero observaba desde lo alto faro de Trinidad Head, en la costa de Oregón, a 59 metros de altura cómo la cercana ciudad de Pilot Rock desaparecía una y otra vez en olas que pasaban a más de 30 metros de altura. Os muestro una foto del mismo:

En cierta ocasión, una piedra de unos 60 kg fue lanzada encima de la casa del torrero, en Tillamaook Rock. Al caer hizo un agujero en el tejado de unos 6 metros.

Aunque el más sonado se refiere al faro de Dunnet Head, que se eleva en un acantilado a de 100 metros de altura:

Pues bien, las ventanas de ese faro han sido rotas repetidamente por piedras arrancadas al acantilado y lanzadas arriba por las olas.
También habla de los tsunamis, que tanta devastación provocan. Muchos tendréis fresco todavía aquel de diciembre de 2004, con centenares de miles de muertos. Recuerdo haber leído que había quien decía que en el Mediterráneo eso no era posible. Pues bien, el año 358 a.J., un tsunami arrasó completamente las costas bajas y algunas islas del Mediterráneo, dejando pequeñas embarcaciones en los tejados de las casas de Alejandría, produciendo la muerte a miles de personas.
Después del terremoto de Lisboa en 1755, la costa de Cádiz fue visitada por una ola que se dice sobrepasaba en 15 metros el nivel de pleamar. Eso sucedió aproximadamente una hora después del terremoto. Olas debidas a ese mismo terremoto atravesaron el Atlántico y llegaron a las Indias Occidentales en nueve horas y media.
En 1868, una extensión de 5000 kilómetros de la costa oeste de América del Sur fue sacudida por terremotos. Poco después de la sacudida más violenta, el mar se retiró, dejando varados en el lodo barcos que habían estado anclados en 12 metros de agua. Poco después, el agua volvió formando una gran ola y los barcos fueron arrastrados tierra adentro hasta una distancia de 400 metros.
Esa retirada del mar es, a menudo, un indicio de que se aproximan esos tsunamis. En las playas de Hawaii, en 1946, los indígenas se alarmaron cuando de pronto dejó de oírse el estruendo del oleaje romper en la costa. Se produjo un silencio extraño. Se había producido un terremoto en las escarpadas laderas de una fosa profunda próxima a la isla de Unimak, en la cadena de las Aleutianas, a más de 3000 kilómetros de distancia. Cuando vino la ola alcanzaba una altura de 7 metros por encima de cuando había marea alta.
Habla también de las olas submarinas. En 1900 varios hidrógrafos escandinavos llamaron la atención sobre la existencia de estas olas y dice que algunas de ellas pueden llegar a tener 90 metros de altura.
Habla también de vientos y corrientes y de la combinación entre ellas y cómo sus efectos han dejado huella en la historia. Las corrientes del Atlántico son muy conocidas, ya que los barcos deben haberlo cruzado miles de veces y son, además, las que mejor han estudiado los oceanógrafos. Los tres barcos de Ponce de León, que navegaron hacia el sur desde cabo Cañaveral hasta Tortugas en 1513, a veces fueron incapaces de cruzar la corriente del Golfo y “aunque tenían viento favorable, no podían avanzar y retrocedían”.
El primer mapa de la corriente del Golfo fue trazado hacia 1769 por Benjamin Franklin. Resulta que la Board of Customs de Boston se quejó de que los barcos de correos que venían de Inglaterra tardaban dos semanas más en la travesía hacia el Occidente que los barcos mercantes de Rhode Island. Franklin, extrañado, planteó la cuestión a un capitán de barco de Nantucket, Timothy Folger, quien le dijo que podía ser verdad, ya que los capitanes de Rhode Island conocían bien la corriente del Golfo y la evitaban en la travesía hacia las costas de América, mientras que los capitanes ingleses no la conocían tan bien.
Folger y los balleneros de Nantucket estaban familiarizados con la corriente. Según decía:
En nuestra persecución a las ballenas, éstas nadan a los lados de la corriente del Golfo, pero no dentro de ella; por esto navegamos a lo largo de su borde y, frecuentemente, la cruzamos para cambiar de margen; al atravesarla, nos hemos cruzado y hablado a veces con los barcos que estaban en medio de ella y navegaban en sentido contrario a su curso. Les informamos que estaban navegando en contra de una corriente que se oponía a su avance a razón de tres millas por hora y les aconsejamos que la cruzasen, pero presumían de ser demasiado buenos marinos para dejarse aconsejar por simples pescadores norteamericanos.
Franklin pidió a Folger que trazara su dirección en un mapa y lo grabó en un antiguo mapa del Atlántico enviándolo a Falmouth (Inglaterra), pero no le hicieron mucho caso.
Incluso en los tiempos del motor Diesel, los barcos de cabotaje del sur de Florida tienen muy en cuenta la acción de la corriente del Golfo. Aunque podrían navegar contra ella, sería a costa de tiempo y combustible y para evitarla van entre ella y los peligrosos arrecifes, con grandes precauciones.
Habla también de la corriente del Pacífico Sur más conocida llamada Corriente de Humboldt o del Perú. A esta corriente se debe que los pingüinos puedan vivir casi en el Ecuador, en las islas Galápagos, ya que trae aguas frías del Océano Glacial Antártico.
Explica que, a veces, chocan corrientes de masas de aguas en sentido opuesto y se producen movimientos ascensionales. Afirma que se oyen como silbidos en esa zona, espuma, chapoteos. Y con esos movimientos ascensionales, los peces de las profundidades suben y se encuentran con los devoradores de superficie. El famoso ornitólogo Robert Cushman Murphy nos lo describía:
La superficie bullía, hervía de vida; mucha de la cual era “de profundis”. Larvas de langostas, medusas coloreadas, cadenas de salpas, pequeños peces parecidos a los arenques, (…) El mar era el teatro de una sangrienta hecatombe. Los peces pequeños comían invertebrados o filtraban el plancton; los calamares perseguían y capturaban peces de varios tamaños; y los calderones, a su vez, atacaban a los calamares, que eran su presa favorita (…) A medida que transcurría la noche, la impresionante exhibición de abundancia y voracidad fue desapareciendo gradualmente, casi imperceptiblemente. Por último, el Askoy estaba otra vez en aguas que parecían tan tranquilas y muertas como una balsa de aceite, y el chapoteo de las olas saltarinas se fue alejando más y más hasta desparecer.
Habla de la salinidad del mar y su relación con el estrecho de Gibraltar. El Mediterráneo está más encerrado que el Atlántico y el Sol lo calienta más. Al evaporarse más agua, su salinidad es mayor que la del océano, con lo que aumenta su densidad. Las aguas del Atlántico, para compensarla, entran por la superficie del estrecho en forma de corrientes muy intensas con una velocidad media de 3 nudos. Las aguas del Mediterráneo pasan al Atlántico por las profundidades con tanta violencia que rompía los instrumentos oceanográficos para medirla (posiblemente, por el choque con las rocas). En una ocasión, el cable de Falmouth, cerca de Gibraltar “quedó tan pulido como el filo de una navaja, de tal modo que tuvo que ser abandonado y fue necesario tender otro nuevo”.
Habla también de las mareas y explica que hay un gusano llamado Convoluta roscoffensis que vive en las playas del norte de Bretaña y el canal de la Mancha que, al bajar la marea, ascienden a la superficie pudiéndose ver grandes manchas verdes de ellos en las playas y cuando sube la marea, se vuelven a enterrar.
Lo curioso es que si se llevan a un laboratorio y se ponen en una pecera donde, evidentemente, no hay mareas, dos veces al día salen a la superficie y se vuelven a enterrar. Es como si guardaran el recuerdo del mar. Muy poético, ¿verdad?
Explica que el océano es un gran regulador de temperatura para la Tierra. Es un buen absorbente y un buen radiador de calor: es necesario 3.000 veces más calor para aumentar un grado un volumen determinado de agua que el mismo de aire.
A causa de su capacidad térmica, absorbe grandes cantidades de calor sin que sus aguas lleguen a ponerse “calientes” y puede perder mucho del calor sin quedar “frío”.
Sin los océanos, el clima de nuestra Tierra sería mucho más duro.
Es curiosa la poca semejanza entre la química del agua del río y la del mar. Los ríos tienen cuatro veces más calcio que cloruros, pero en el mar hay 46 veces más cloruros que calcio. Ello se explica, precisamente, por la vida. Los animales marinos (incluidos los microscópicos) utilizan sales de calcio para formar sus conchas y caparazones. Otra causa es la precipitación del calcio en el mar. En los ríos hay un 500% de silicio, pero es explicable porque lo necesitan las diatomeas para sus caparazones. Destaca que se ven comunidades extraordinarias de ellas, precisamente, en la desembocadura de los ríos.
Habla de los materiales disueltos en el agua, desde el oro o plata que Fritz Haber intentó extraer entre 1924 y 1928, hasta el yodo y el magnesio, que se extrae del mar desde 1941. Cada aeroplano construido en EEUU lleva aproximadamente media tonelada de magnesio, dado que es un metal poco pesado, pero tiene muchas más aplicaciones en la imprenta, medicamentos, etc.
Habla del Mar Muerto que, debido al clima de su zona y a que tiene la temperatura del agua más elevada que la del aire, favorece su evaporación. Con el paso del tiempo, la concentración de sales ha ido aumentando y hoy es muy elevada. Ningún animal puede vivir en sus aguas y está a 390 metros por debajo del nivel del Mediterráneo.
Algunos exploradores seguían la trayectoria de las aves migratorias y se cree que así se pudieron descubrir las islas en medio del Pacífico. Los documentos antiguos dicen que los navegantes primitivos llevaban aves en sus navíos que soltaban para seguir la dirección que señalaban.
Las aves indican muchas cosas en el mar. En el Norway Pilot, de la isla de Jan Mayden se lee:
La presencia de gran número de aves marinas indicará la proximidad a tierra, y el ruido de los lugares donde anidan puede servir para localizar la costa.
El United States Pilot para la Antártida dice:
Los navegantes deben observar la vida de las aves (…) Los cuervos marinos son señal segura de que la tierra está cerca. El petrel blanco está asociado invariablemente con el hielo y es de gran interés para los marineros como anuncio de hielo en su ruta.
Y también habla de las cartas de navegación. En los siglos XVI y XVII las compañías de las Indias Orientales tenían sus propios hidrógrafos y mantenían sus planos en secreto. Pero en 1795 la Marina Inglesa nombró hidrógrafo a Alejandro Dalrymple y bajo su dirección se propuso hacer un estudio completo de las costas de todo el mundo. Más tarde, ingresó en la Marina un hombre llamado Matthew Fontaine Maury, que publicó un libro clásico: The Physical Geography of the Sea. Hizo un estudio práctico de los vientos y corrientes desde el punto de vista de toda la navegación mundial. Los capitanes de barco le enviaban sus cartas de navegación y él las incorporaba a las suyas. Pronto, sus cartas fueron conocidas en todo el mundo y gracias a ellas se redujo en diez días la travesía de la costa oriental de EEUU a Río de Janeiro, en 20 días la travesía a Australia y en 30 la travesía a California dando la vuelta al mundo por el cabo de Hornos.
Es un magnífico libro para los apasionados del mar visto desde el punto de vista de la oceanografía. Los próximos artículos no serán tan largos. Prometido.

Título: “El mar que nos rodea”
Autora: Rachel Carson





El día 25 de Abril de 2008 a las 13:58
Por mi parte, liberado de la promesa, con tal de que sea tan apasionante como éste. Y por la experiencia acumulada, estoy seguro de que lo será.
El día 25 de Abril de 2008 a las 14:03
Al menos por mí no te cortes, cuanto más largos más datos, más apasionantes, más curiosos…
El día 25 de Abril de 2008 a las 21:16
¿Alguien más odia a las cabras después de leer esto?
Por desgracia es imposible recuperar todos esos paisajes que se perdieron en tan poco tiempo. Y hoy se siguen perdiendo muchos que en el futuro tendremos que lamentar. Ojalá no tengamos que decir “¿cómo no lo vimos venir?”.
Aparte de la nota pesimista, me ha gustado mucho el post. Yo también vivo al lado del mar. Muy cerca. Casi nunca voy a la playa ni lo veo y, sin embargo, también creo que me sería difícil vivir lejos del mar.
Un saludo.
El día 26 de Abril de 2008 a las 03:27
Siempre es bueno visitar a los amigos que nos puedan desasnar de algún modo; no interesa si el post es largo, mientras el interés en él siga latente el tiempo pasará volando como las gaviotas frente al mar. Saludos.
El día 26 de Abril de 2008 a las 03:40
A mi humilde entender tus articulos estan geniales pero cuando son tan largos pirden ese toque de exquisitez que por lo general se encuentra en los de un largo moderado. Siempre que posteas articulos de mediana duración los lectores (o por lo menos yo) quedamos con ese gustito que da el deseo de seguir investigando sobre el tema. Pero, a mi parecer, los articulos largos desvanecen un poco esa claridad concisa pero bien surtida de información que caracteriza a tus articulos…
Mas alla de todos siempre leo enteros tus posteos y me encantan…
Un abrazo!
El día 26 de Abril de 2008 a las 07:42
Para nada, que sigan los artículos largos siempre que sean igual (o más) de interesantes que éste.
El día 27 de Abril de 2008 a las 01:47
Perdona el ‘off-topic- pero el libro que lees de Sajarov ¿es una edición reciente? es que me interesa ¿puedes adelantar algo
?
Saludos
El día 27 de Abril de 2008 a las 07:50
Genial artículo, se hace cortísimo.
Sigo leyendo el blog hacia atrás, y me encontré con esto (historia sobre el frigorífico):
“Esto contesta a una de las clásicas preguntas de examen en termodinámica. A alguien que tiene un frigorífico y quiere enfriar una habitación se le ocurre ponerlo en marcha y abrir la puerta. ¿Qué sucederá?”
Si lo hubiese leído antes no hubiera tenido mala esa respuesta (me lo preguntaron en física el año pasado, un profesor muy avanzado, un crack, que nos enseñó hasta un poco de cálculo)
El día 27 de Abril de 2008 a las 09:23
Respecto a los que me comentáis lo de lo largo que es el artículo, gracias. Aunque ganéis en número los que os parece bien, incluso yo mismo lo veo como Daniel, quien ha tenido la gentileza de decir muy suavemente … ¡que es muy largo!
A partir de ahora no pasaré de 10 minutos de lectura. Creo que es un límite razonable. Sucedía que este libro explica tantas cosas… Estas cosas me encantan
Panta: el que tengo yo es del Círculo de Lectores de 1990 (pedido en la biblioteca, por supuesto) y dice que los derechos están cedidos por Plaza & Janes. Te advierto que es un “ladrillazo” de 1000 páginas. Calculo que tardaré unas dos semanas en leerlo, por si quieres esperar a que te diga algo. Por el momento, las 100 primeras páginas son de niñez, guerra e inicio en los departamentos de física teórica rusos.
Dicari: je jeeee, si sacas ese problema en una reunión de amigos, quédate con sus caras de alucinados. Todo esto lo verás mucho más claro cuando estudies el Ciclo de Carnot.
Salud!
El día 27 de Abril de 2008 a las 17:47
Abundo en la insistencia de que el articulo este no ha sido en absoluto largo ¡hombre!.
Exijo con retintin y tantarantan que los proximos articulos sobre oceanografia sean tan largos como le de a ud la real gana.
Aprovecho para insistir a los eventuales “leyentes” que la importancia e impronta del libro de Rachel Carson titulado Primavera silenciosa es enorme y merecedor de la ereccion de una coqueta pagoda budista recubierta con pan de oro en honor de su autora.
¿Sabe ud don Omalaled? Recuerdo cuando aparecian comentarios-spam suyos en algunos blogs para promocionarse. Llegue a tomarle bastante mania, lo reconozco, pero, mire ud que cosas, luego me congratule de que fuera un spam justificado.
Insisto, haga los articulos tan largos como considere necesario, pues cabe confiar que no implicara decadencia en su nivel de exigencia y calidad habitual.
Un muy cordial saludo.
El día 27 de Abril de 2008 a las 19:18
Pues a mí tampoco se me ha hecho tan largo. Es apasionante, pero ya le podías haber publicado antes del 23 de abril, hombre, que un 10% de descuento es un 10%.
Y en cuanto a las consecuencias de la actividad humana en el paisaje… en fin, qué voy a contar que no se sepa.
Se conocen con precisión las que ha tenido (la actividad humana) desde que se llevan registros. Pero esa actividad humana, sobre todo la agrícola (talando o quemando bosques, para convertir el terreno resultante en pastos o cultivos) ha sido incesante desde que el hombre descubrió la agricultura.
Europa (toda ella) no era como la vemos ahora. Estaba llena de bosques. Toda ella. Llenita. Los registros romanos hablan de una Hispania en la que “una ardilla podía atravesarla de un lado a otro sin posarse nunca en el suelo”. La Germania era un conjunto de bosques inextricables, por no hablar de la Galia, la Dacia….
A ver, ¿adónde han ido a parar esos millones de hectáreas de masa arbórea?: Se los han comido las cabras, las ovejas, las vacas, o directamente los hemos quemado o talado. Justito como los “maleantes” de la Amazonía están haciendo ahora mismo, cosa que nos indigna muchísimo.
¡Que mal futuro les vamos a dejar a nuestros hijos (por no hablar de nuestros nietos…)!!!!
Salud
El día 27 de Abril de 2008 a las 19:32
Dubitador: gracias por tus palabras. Lo que sí que no sé de dónde has sacado es lo de los comentarios-spam míos en otros blogs. Siempre que he puesto un comentario ha sido porque lo pensaba así y así me apetecía decirlo. Este blog nació por el gusto de divulgar curiosidades de ciencia y si alguna vez te ha parecido eso, has hecho una interpretación incorrecta. No va con mi personalidad poner comentarios spam. Lo encuetro injusto y de mal gusto. Por otro lado, me gusta seguir la máxima que un día dijo Joan Oró: “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”.
Macluskey: hace años tuve una larga conversación, no sé si con un chileno o un argentino, que me dijo eso mismo: hoy nos echamos la cabeza porque talan los bosques amazónicos. Los europeos y americanos, decía, han acabado con sus recursos naturales para desarrollarse. ¿Por qué ellos no pueden ahora explotar los suyos? Y si ni queremos que no lo hagan, deberíamos, al menos, pagárselos. Creo que tenía bastante razón.
Salud!
El día 17 de Mayo de 2008 a las 11:10
Muy bueno el post y para nada se hace largo, podria haber estado leyendolo durante horas.enhorabuena