Como balleneros o como seres inteligentes
En el siglo XVIII, piratas y balleneros empezaron a desembarcar en las islas Galápagos y se encontraron con unos animales dóciles y abundantes: las tortugas gigantes. ¿Qué hicieron? Alimentarse de su carne y convertir su grasa en aceite para iluminar los faros del puerto de Guayaquil. Se calcula que antes de la llegada del hombre, en las Galápagos había 250.000 tortugas gigantes de 15 especies diferentes.
Llevaban centenares de miles de años perfectamente adaptadas a ese ecosistema único en el mundo, pero en menos de dos siglos la voracidad humana eliminó cuatro especies y redujo el número total de ejemplares a unos pocos miles. En la actualidad, gracias a los esfuerzos de protección y recuperación, hay ya 15.000 tortugas gigantes en las Galápagos, y hemos comprendido que su valor es inmensamente mayor de lo que cuesta su carne y aceite. Pero ¿qué debían de pensar esos piratas y balleneros? ¿Con qué excusa cazaban las tortugas? Posiblemente la de siempre: necesidad. Al llegar a las islas hambrientos y encontrar un número tan descomunal de tortugas no se lo debieron de pensar mucho. Como nosotros con el petróleo o la deforestación.
De hecho, hasta podemos comprender que ante la necesidad los balleneros no tuvieran reparos en cazar a las tortugas. Pero reflexionemos sobre qué hubiera pasado si esa actividad hubiera continuado hasta erradicar las tortugas gigantes y no se hubiera protegido un 97% de las islas para preservar también el resto de las especies. ¿Qué serían ahora las islas Galápagos? Sin duda, un espacio igualmente bello, pero sin interés y mucho más pobre biológica, económica y turísticamente. Las Galápagos son un clarísimo ejemplo de que preservar merece la pena y de que debemos fomentar un desarrollo que utilice los recursos naturales de manera sostenible. Las futuras generaciones nos verán o bien como balleneros que aprovecharon hasta la última gota de petróleo causando un caos climático, o bien como ciudadanos inteligentes que supieron frenar y encontrar alternativas antes de que fuera demasiado tarde.
Pere Estupinyà, Comer cerezas con los ojos cerrados.







