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	<title>Historias de la Ciencia</title>
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	<description>Historias y anécdotas sobre técnicos, científicos y curiosidades</description>
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		<title>¿Diferencia cuantitativa o cualitativa?</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Apr 2012 21:37:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>omalaled</dc:creator>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>

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		<description><![CDATA[En más de una ocasión he comentado que la diferencia entre el hombre y el animal (es una forma de hablar, obviamente, el hombre es un animal también) es cuantitativa y no cualitativa. Normalmente, los científicos defienden (defendemos, si me permitís) la primera postura, mientras que los que se creen la obra culminante de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">En más de una ocasión he comentado que la diferencia entre el hombre y el animal (es una forma de hablar, obviamente, el hombre es un animal también) es cuantitativa y no cualitativa. Normalmente, los científicos defienden (defendemos, si me permitís) la primera postura, mientras que los que se creen la obra culminante de la creación defienden la segunda. Sucede que no es tan fácil definir diferencia cuantitativa y cualitativa. Son conceptos un tanto vagos, pero la diferencia conceptual es muy grande. Lo que pasa es que cuando la diferencia cuantitativa es suficientemente grande puede llegar a parecer (o ser, ¿por qué no?) cualitativa. En su libro <em>Las fronteras de la ciencia</em>, su autor, Michael Shermer, nos explica dos ejemplos.</p>
<p><span id="more-1199"></span></p>
<p style="text-align: justify;">El primer ejemplo trata sobre las diferencias de nivel entre jugadores de ajedrez. Pero también podría decirse de cualquier otro deporte o especialidad.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;">Intuitivamente damos por sentado que los maestros del ajedrez anticipan más movimientos que los demás jugadores, pero el psicólogo Adriaan DeGroot ha descubierto que ocurre precisamente lo contrario: los maestros estudian menos movimientos; no obstante los que estudian son más relevantes. Pero ¿cómo los seleccionan? Al término de una partida y después de un movimiento clave que confundió a los expertos que predijeron su derrota, al gran maestro Bobby Fisher le preguntaron: &#8220;¿Cómo pudo prever que ese movimiento en apariencia desastroso le daría la victoria? ¿Qué pensó?&#8221;. Fisher repuso: &#8220;No lo sé. Simplemente intuí que estaba bien.&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">La anécdota de Fisher constituye un ejemplo magnífico del carácter misterioso del proceso cognitivo del genio, que es lo que da pie al mito de <em>Amadeus</em>. La realidad es mucho más prosaica. Los psicólogos William Chase y Herbertt Simon calculan que los grandes jugadores de ajedrez llegan a familiarizarse con unas cincuenta mil posiciones en las que intervienen cuatro o cinco piezas y que a partir de ellas meditan qué jugadas tienen que realizar en la mayoría de las partidas.</p>
<p style="text-align: justify;">A primera vista, estas cifras parecen milagrosamente elevadas, pero resulta más fácil entender qué ocurre si tenemos en cuenta que en el curso de diez años de intensa dedicación, un jugador puede llegar a acumular unas veinticinco mil horas de juego. A dos jugadas por hora, una persona puede adquirir los conocimientos y la habilidad necesaria para convertirse en maestro del ajedrez. No tiene nada de milagroso. Tras diez años de práctica cualquier persona puede alcanzar de forma natural y en cualquier campo tantas horas de práctica.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando era muy joven formé parte de un club de ajedrez y, al menos durante algunos meses, jugaba de cuatro a cinco horas diarias. Un día visitó el club un maestro y jugó contra quince de nosotros en partidas simultáneas: las ganó todas. No estaba con cada uno más de dos segundos por jugada, era como si ya conociera todas las posiciones de antemano. Entonces me pareció una especie de genio, ahora sé cómo lo hacía.</p>
<p style="text-align: justify;">Por supuesto, la diferencia entre un jugador mediano y un maestro, y un maestro y un campeón, estriba en el punto en que la diferencia cuantitativa llega a ser tan amplia que, de facto, se convierte en diferencia cualitativa: Bobby Fisher es totalmente distinto a los demás.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">El segundo ejemplo trata sobre un hombre con una gran habilidad para el cálculo mental.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;">Cuando se observa a Art [se refiere a su amigo Arthur Benjamin] practicar su magia matemática parece un genio dotado de un don especial, un doble de <em>Rainman </em>a quien los números le caen del cielo. Pero Art no nació con ese don: lo aprendió a lo largo de muchos años de práctica, porque se divierte haciendo cálculos mentales desde que era muy pequeño. Cuando resuelve una multiplicación de dos números de cinco cifras, la respuesta aparece como por encanto.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero cuando explica cómo lo hace te das cuenta de que no hace nada que la mayoría no pudiéramos hacer si le dedicáramos bastante práctica. Es decir, si sabemos la tabla de multiplicar y practicamos (y practicamos y practicamos) las técnicas del libro de Art [<em>Cómo parecer un genio sin proponérselo siquiera</em>; el título es una traducción, no lo he visto en castellano], podríamos llegar a dominar su arte. Art se ha convertido en un Otro matemático —lo llaman &#8220;matemágico&#8221;— por la rapidez y adaptabilidad que ha ido adquiriendo con los años.</p>
<p style="text-align: justify;">Prácticamente ningún problema que se le pueda plantear encierra para él sorpresa alguna. Puede elegir cualquier número de tres, cuatro o cinco cifras y reducirlo a una simple multiplicación. Aplica un sistema mnemotécnico que convierte números en palabras, lo cual le permite almacenarlos en su memoria mientras resuelve un nuevo problema; luego, en un nuevo paso del problema anterior, vuelve a convertir las palabras en números.</p>
<p style="text-align: justify;">Es algo que ha hecho con tanta frecuencia que el proceso de conversión se ha convertido en una segunda naturaleza.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">Por tanto, recordad que una diferencia cuantitativa muy grande puede ser vista también como diferencia cualitativa.</p>
<p>Fuente:<br />
<strong>Michael Shermer</strong>, <em>Las fronteras de la ciencia</em>.</p>
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		<title>Sobre crear teorías</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Mar 2012 19:02:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>omalaled</dc:creator>
				<category><![CDATA[Breves]]></category>

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		<description><![CDATA[Crear una teoría no es como destruir un viejo establo para erigir un rascacielos en su lugar. Se parece más a escalar una montaña cuando se alcanzan vistas nuevas y más amplias y se descubren relaciones inesperadas entre el punto de partida y su rico entorno. Pero el punto de partida continúa existiendo y lo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote>
<p style="text-align: justify;">Crear una teoría no es como destruir un viejo establo para erigir un rascacielos en su lugar. Se parece más a escalar una montaña cuando se alcanzan vistas nuevas y más amplias y se descubren relaciones inesperadas entre el punto de partida y su rico entorno. Pero el punto de partida continúa existiendo y lo podemos divisar, aunque parece más pequeño y forma una pequeña parte del panorama que se abre a nuestros ojos, más ancho ahora tras haber vencido los obstáculos de nuestra arriesgada ascensión.</p>
</blockquote>
<p><strong>Albert Einstein</strong> (vía Michael Shermer, <em>Las fronteras de la ciencia</em>)</p>
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		<title>La invención del bombardeo del hombre neolítico</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Mar 2012 02:15:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>omalaled</dc:creator>
				<category><![CDATA[Curiosidades]]></category>

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		<description><![CDATA[En su libro El mono que llevamos dentro, Frans de Waal nos explica el comportamiento de los chimpancés y los bonobos. La verdad es que pone los pelos como escarpias ver lo parecidos que somos. Demasiado. He de agradecer públicamente a Tay el haberme descubierto este maravilloso libro y a su autor, porque es , [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">En su libro <em>El mono que llevamos dentro</em>, Frans de Waal nos explica el comportamiento de los chimpancés y los bonobos. La verdad es que pone los pelos como escarpias ver lo parecidos que somos. Demasiado. He de agradecer públicamente a <a href="http://biotay.blogspot.com.es/" target="_blank">Tay</a> el haberme descubierto este maravilloso libro y a su autor, porque es , como ya he dicho, absolutamente maravilloso; y os lo recomiendo sin dudarlo ni un instante. Os dejo con unos párrafos que dan para pensar un rato.</p>
<p><span id="more-1187"></span></p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;">Toda civilización digna de tal nombre tiene algún ejército. Percibimos este canon con tanta claridad que incluso lo hacemos extensivo a civilizaciones no humanas imaginarias, como la película El planeta de los simios. El primatólogo contempla la versión de 2001 con horror: el cruel líder tiene el aspecto de chimpancé bípedo —aunque huele a conejo—, los gorilas son retratados como lerdos y obedientes, el orangután es un tratante de esclavos, y los bonobos [que se caracterizan por su promiscuidad] han sido convenientemente omitidos. Hollywood siempre se ha sentido más cómodo con la violencia que con el sexo.</p>
<p style="text-align: justify;">La violencia impera en esta película. Pero no hay nada menos realista que los vastos ejércitos de monos uniformados que aparecen en la pantalla. Los antropoides carecen del adoctrinamiento, la estructura de mando y la sincronización que emplea la malicia humana para intimidar al enemigo. Puesto que la coordinación estrecha conlleva una disciplina absoluta, nada resulta tan aterrador como un ejército bien entrenado. Aparte de nosotros, los únicos animales que cuentan con ejércitos son las hormigas, aunque carecen de una estructura de mando. Si un ejército de hormigas pierde el rumbo, como cuando las rastreadoras se separan de la corriente principal, en ocasiones la cabeza enlaza con la cola de su propia columna. Al seguir su propio rastro de feromonas, forman un aro densamente apretado en el que miles de hormigas se mueven en círculos hasta morir de agotamiento. Gracias a su organización vertical, esto nunca le ocurriría a un ejército humano.</p>
<p style="text-align: justify;">Puesto que los debates sobre la agresividad humana invariablemente giran en torno a la guerra, la estructura de mando de los ejércitos debería hacernos pensarlo dos veces antes de trazar paralelismos con la agresión animal. Aunque es comprensible que sus víctimas vean las invasiones militares como una agresión, ¿quién dice que el ánimo de los perpetradores es agresivo? ¿Acaso las guerras se derivan de la ira?</p>
<p style="text-align: justify;">A menudo, los líderes tienen motivos económicos o de política interna o se escudan en la defensa propia. Los generales obedecen órdenes, y los soldados rasos pueden no tener ningunas ganas de dejar su casa. Con sumo cinismo, Napoleón observó: &#8220;Un soldado luchará larga y duramente por un trozo de cinta coloreada&#8221;. No creo que sea una exageración decir que la mayoría de la gente en la mayoría de las guerras se ha movilizado por algo distinto de la agresión. La guerra humana es sistemática y fría, lo que la convierte en un fenómeno casi nuevo.</p>
<p style="text-align: justify;">La palabra clave es &#8220;casi&#8221;. La identificación grupal, la xenofobia y el conflicto letal, tendencias todas que se dan en la naturaleza, se han combinado con nuestra altamente desarrollada capacidad de planificación para &#8220;elevar&#8221; la violencia humana a su nivel inhumano. El estudio del comportamiento animal puede no ser de mucha ayuda a la hora de explicar las cosas como el genocidio, pero si dejamos de lado los Estados y las naciones y nos fijamos en las conductas humanas dentro de las sociedades a menor escala, las diferencias ya no son tan grandes. Como los chimpancés, la gente es altamente territorial y valora menos la vida de los extraños que la de los miembros de su grupo. Se ha especulado que los chimpancés no vacilarían en utilizar pistolas y navajas si las tuvieran y, de manera similar, los pueblos ágrafos probablemente no titubearían en intensificar sus conflictos si dispusieran de la tecnología adecuada.</p>
<p style="text-align: justify;">Un antropólogo me contó una vez cómo reaccionaron dos jefes de eipo (una etnia papú de Nueva Guinea) que iban a volar por primera vez en avioneta. No tenían miedo de subir al aeroplano, pero hicieron una intrigante petición: querían que la puerta lateral no se cerrara. Se les advirtió de que allá arriba en el cielo hacía mucho más frío y, puesto que no llevaban más vestimenta que su tradicional funda para el pene, se congelarían. No les importaba. Querían llevar unas cuantas piedras grandes que, si el piloto fuera tan amable de volar en círculo sobre el pueblo vecino, dejarían caer sobre sus enemigos a través de la puerta abierta.</p>
<p style="text-align: justify;">Por la tarde, el antropólogo escribió en su diario que había presenciado la invención del bombardeo del hombre neolítico.</p>
</blockquote>
<p><strong>Frans de Waal</strong>, <em>El mono que llevamos dentro</em>.</p>
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		<title>Sucesos improbables y decisiones</title>
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		<pubDate>Fri, 02 Mar 2012 20:55:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>omalaled</dc:creator>
				<category><![CDATA[Curiosidades]]></category>

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		<description><![CDATA[En su libro &#8220;A cara o cruz&#8221;, Jeffrey S. Rosenthal nos plantea las siguientes cuestiones: A menudo nos vemos obligados a ponderar el azar cuando tomamos decisiones. ¿Debemos tomar un avión auque pueda tener un accidente? ¿Debemos comprar billetes de lotería aunque quizá no ganemos? ¿Debemos contratar un seguro aunque es posible que nunca cobremos? [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">En su libro &#8220;A cara o cruz&#8221;, Jeffrey S. Rosenthal nos plantea las siguientes cuestiones: <em>A menudo nos vemos obligados a ponderar el azar cuando tomamos decisiones. ¿Debemos tomar un avión auque pueda tener un accidente? ¿Debemos comprar billetes de lotería aunque quizá no ganemos? ¿Debemos contratar un seguro aunque es posible que nunca cobremos? ¿Debemos dar un paseo en bici aunque pueda llover? Desde luego, no existen soluciones mágicas.</em> Os copio y pego párrafos de su libro, convenientemente reordenados y cambiados, para dar forma al artículo.</p>
<p><span id="more-1176"></span></p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;">La primera regla cuando se toman decisiones sobre algo aleatorio es que, en general, los sucesos cuya probabilidad es baja deben ser desestimados. Es una regla muy sencilla que la mayoría de la gente no sigue [un servidor se incluye].</p>
<p style="text-align: justify;">Un buen ejemplo son los premios de lotería. Almas optimistas gastan miles de millones de dólares en lotería de todo el mundo, con la esperanza de ganar un premio enorme y vivir felices para siempre jamás. Una lotería representativa podría consistir, por ejemplo, en seleccionar seis números distintos entre 1 y 49. Si tus seis números coinciden ganas (o compartes) el primer premio. La probabilidad de ganar el premio entre el total de combinaciones de 6 cifras diferentes entre 49 es cerca de 1 entre 14 millones.</p>
<p style="text-align: justify;">Se trata de una probabilidad extraordinariamente pequeña. Para ponerla en contexto, es 1000 veces más probable que mueras en un accidente de coche este año. De hecho, tienes más posibilidades de morir en un accidente de coche de camino a la tienda donde vas a comprar el billete de lotería. Es más, si comprases un billete por semana, de media, ganarías el premio menos de una vez cada 250.000 años.</p>
<p style="text-align: justify;">Es verdad que los seres humanos a menudo nos preocupamos por acontecimientos de probabilidad muy pequeña, lo que nos lleva a tomar malas decisiones y sufrir estrés e infelicidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Tomemos, por ejemplo, las causas de muertes en EEUU el año 2001, cuando los ataques terroristas del 11-S, cuyas víctimas se cifran en 3.028. Las víctimas de los medios de transporte (47.288) fueron mayores que las muertes por causa de un homicidio (15.980 excluyendo las del 11-S), que las producidas por accidentes aéreos (275), ahogamiento (3.281), el fuego (3.309) o los rayos (50). Los ataques del 11-S suponen un 0,13% de las muertes totales de aquel año en EEUU (que fueron un total de 2.416.425). De hecho, las muertes de los atentados equivalen a algo más de tres semanas en accidentes de tráfico.</p>
<p style="text-align: justify;">Este hecho en modo alguno debe minimizar la atrocidad de tales  atentados ni la tragedia de las muertes que ocasionaron, pero sí que explican que ni siquiera dichos atentados modifican significativamente la probabilidad de una muerte repentina en el mundo occidental.</p>
<p style="text-align: justify;">La mayor causa de muerte en EEUU aquel año fue por enfermedad cardiovascular, con un total (en números redondos) de 900.000 personas; cáncer, 550.000 (el cáncer de pulmón se llevó más de 150.000 personas).  Si te preocupa la muerte debes hacer ejercicio y comer bien para evitar enfermedades cardiovasculares y dejar de fumar para evitar el cáncer de pulmón. Es mucho más lógico cuidar tu salud que preocuparte por si te asesinan. E incluso si te angustia el asesinato, tiene más sentido temer a un familiar que a un desconocido, pues hubo más homicidios cometidos por familiares que no por desconocidos.</p>
<p style="text-align: justify;">Sobreestimar la probabilidad de sucesos muy improbables puede tener consecuencias graves. En la primavera de 2003 varios residentes de la zona de Toronto contrajeron el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SRAS), una infección vírica grave y potencialmente mortal. El brote recibió una fuerte cobertura mediática, con numerosas primeras planas y reportajes televisivos en todo el mundo. Pero el número total de víctimas mortales del SRAS en Toronto a lo largo de toda la crisis no alcanzó las 50. En comparación, cerca de 1000 canadienses mueren cada año a causa de una gripe común. Alguien que visitara Toronto, incluso en el punto álgido del brote de SRAS, tenía aproximadamente las mismas posibilidades de morir de esa dolencia de gripe, pero no recuerdo ninguna primera página sobre un brote de gripe, ni sé de turista alguno que cambiase sus planes de viaje o sus patrones de conducta para evitar contraer la gripe. La crisis del SRAS hizo que el número de turistas que visitaban Toronto (e incluso del resto de Canadá) descendiera drásticamente, lo que costó a la ciudad y al país miles de millones de dólares, sin ningún motivo lógico.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Por qué teme la gente al terrorismo y al SRAS tanto más que a los accidentes de tráfico y las enfermedades cardiovasculares? Porque el terrorismo y el SRAS parecen nuevos y desconocidos y, por tanto, imprevisibles. Los seres humanos pueden aceptar un peligro considerable y la pérdida de muchas vidas, siempre que ocurran de un modo al que estén acostumbrados. Pero cuando surgen peligros inesperados, los temen más de lo que está de verdad justificado.</p>
<p style="text-align: justify;">En resumen, desestimar lo realmente improbable es una manera sensata y racional de plantearse las decisiones, pero si llevamos esta idea a extremos podremos caer en la imprudencia o la negligencia.</p>
<p style="text-align: justify;">Por ejemplo, ¿debemos molestarnos en ponernos el cinturón de seguridad en el coche o llevar casco al ir en bicicleta cuando la probabilidad de tener un accidente en un trayecto de diez minutos es tan pequeña? La respuesta es que sí y no sólo porque las leyes lo exijan. Nosotros haremos muchos viajes diferentes en coche y en bicicleta. La probabilidad de accidente alguna vez no resulta inconcebible y no cabe dejarla de lado sin correr un riesgo. Olvidarse el cinturón una o dos veces probablemente no importe demasiado, pero no usarlo nunca es llamar a los problemas. Por otro lado, ponerse el cinturón o el casco exige poco esfuerzo.</p>
<p style="text-align: justify;">Esto se puede generalizar todavía más. ¿Debemos votar pese a que es muy improbable que nuestro voto cambie algo? ¿Deberíamos molestarnos en reciclar o no tirar basura cuando un poco más de basura no tiene mucho impacto? Por supuesto que si muchas personas votan conseguiremos un gobierno más representativo [aquí hay mucho que discutir, pero supongamos que es así]; si muchos reciclan crearemos un mundo más limpio y verde. Los filósofos se refieren a esta cuestión como &#8220;racionalidad individual versus racionalidad colectiva&#8221;: si muchas personas realizan una acción nos beneficia a todos, pero si sólo una persona realiza la misma acción se causa molestias a sí misma sin tener muchas oportunidades de beneficiar a nadie [lo que recuerda un montón al <a href="http://www.historiasdelaciencia.com/?p=334" target="_blank">dilema del prisionero</a>].</p>
<p style="text-align: justify;">Debemos desestimar los sucesos extremadamente improbables cuando nos preocupamos por los asesinatos o el terrorismo, o cuando malgastamos el dinero en billetes de lotería, pero no debemos dejar que una probabilidad baja nos impida adoptar medidas sencillas de seguridad como el cinturón del automóvil, o realizar acciones positivas como vota y reciclar, con la esperanza de que otros sigan nuestro ejemplo.</p>
</blockquote>
<p><strong>Jeffrey S. Rosenthal</strong>, <em>A cara o cruz</em>.</p>
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		<title>Una charla de astronomía para pequeños</title>
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		<pubDate>Sat, 25 Feb 2012 17:46:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>omalaled</dc:creator>
				<category><![CDATA[Personales]]></category>

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		<description><![CDATA[Antes de empezar, decir que Alberto de Cerebros no lavados nos deja como divulgador, y este post sólo existe gracias a él. Por tanto, es a él a quien va dedicado. No hace mucho el amigo Alberto explicaba su experiencia de dar una charla en una clase de primaria. Después de haber leído aquel artículo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Antes de empezar, decir que Alberto de Cerebros no lavados <a href="http://cerebrosnolavados.blogspot.com/2012/02/adios-y-gracias.html" target="_blank">nos deja</a> como divulgador, y este post sólo existe gracias a él. Por tanto, es a él a quien va dedicado. No hace mucho el amigo Alberto explicaba su experiencia de <a href="http://cerebrosnolavados.blogspot.com/2011/02/la-experiencia-de-hablar-ninos-de.html" target="_blank">dar una charla en una clase de primaria</a>. Después de haber leído aquel artículo varias veces me dije a mí mismo: ¿por qué yo no iba a poder? Así que hablé con una amiga profesora de primaria, y le pregunté si le parecería bien que un servidor hablara de estas cosas a los críos.</p>
<p><span id="more-1169"></span></p>
<p style="text-align: justify;">¡Por supuesto que sí! Resulta que en clase de cuarto curso estaban haciendo un trabajo sobre los planetas y tenían multitud de dudas y preguntas. Así que quedamos y comentó a los chavales que les iba a visitar&#8230; ¡un científico! (mis disculpas a los verdaderos científicos por meterme en su terreno). Me preparé una presentación con fotos y vídeos sobre diferentes aspectos de la astronomía. La verdad es que no estaba nada nervioso. Todo lo contrario: me hacía mucha ilusión poder hablarles de todo cuando pudiera explicarles.</p>
<p style="text-align: justify;">Y llegó el día acordado. Fue maravilloso. Una experiencia que no olvidaré en toda mi vida. Nada más empezar me asaltaron con preguntas del tipo ¿por qué la Luna no se cae? ¿es que a ella no le afecta la gravedad? ¿por qué Saturno tiene anillos? Pero a medida que iba adentrándome en las explicaciones, surgieron más preguntas: ¿por qué Júpiter tiene diferentes colores en sus bandas? ¿por qué, si son planetas gaseosos, dicho gas no se dispersa por el espacio? ¿qué es eso del fondo de microondas? ¿es posible que haya vida en otro lugar que no sea la Tierra? ¿es posible que haya vida diferente de la que conocemos? Las preguntas de los críos siempre son demoledoras.</p>
<p style="text-align: justify;">No penséis ni por un instante que les expliqué nimiedades. Todo lo contrario: les hablé de la Luna, los planetas, las estrellas, las galaxias, cómo se formaba un Sistema Solar&#8230; hasta les expliqué cómo se supo que los anillos de Saturno en realidad no eran sólidos sino que estaban formados por cuerpos muy pequeños.</p>
<p style="text-align: justify;">La charla tendría que haber durado una hora, pero se prolongó media hora más. Al finalizar y empezar a recoger las cosas un grupo de cinco o seis peques me rodearon. Tenían más preguntas que hacerme. Yo me agaché para ponerme a su altura y fui contestando todas una a una. Al final una pequeña me espetó:</p>
<p style="text-align: justify;">- Pero tú&#8230; ¿qué has estudiado? ¡Yo quiero ser científica! ¿Qué tengo que hacer?</p>
<p style="text-align: justify;">Me la hubiera comido en aquel momento. Le comenté que tenía que convencer a sus padres de que la llevaran a cierto telescopio donde sé que dan muchas más charlas y se hacen talleres para los niños.</p>
<p style="text-align: justify;">Por supuesto, también dejé mi correo electrónico a los profesores para que los críos lanzaran preguntas de ciencia de todo tipo y me las enviaran (siempre a través de los profesores, por supuesto). Y si hay alguna que desconozco, estoy seguro de que mis compañeros de <a href="http://www.amazings.es" target="_blank">Amazings</a> me las resolverán.</p>
<p style="text-align: justify;">No deja de ser curioso que cuando eres niño crees que los profesores no se enteran de nada y ahora que he estado en el otro lado he de decir que te percatas de todo. Y si eres padre, todavía más cuando hablas a críos. Sólo por las miradas, preguntas y actitud de los pequeños te das cuenta de cuál tiene un entorno feliz y cuál tiene problemas. Y también se ve en seguida cuál destaca del resto. Posteriormente a la charla, pregunté por uno en particular: &#8220;oye, aquel chaval tiene problemas en casa, ¿verdad?&#8221;. Es de aquellas veces que odio tener razón. Cuando pienso que alguno de esos inocentes seres es infeliz por la estupidez de los mayores no puedo, por menos, que entristecerme. Espero que, al menos, durante la charla, olvidara sus problemas.</p>
<p style="text-align: justify;">Y no será la última vez que dé una charla de este tipo. Dos compañeras de trabajo y otros familiares con hijos me han dicho que comentarán en los colegios de sus pequeños que tienen un conocido que da charlas. En fin, no sé dónde me meto, pero intentaré disfrutarlo todo lo que pueda. Os dejo con alguna foto para hacerme autobombo. La he escogido porque no se ve la cara de ningún niño.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" title="Foto de la Charla" src="http://www.historiasdelaciencia.com/wp-content/uploads/2012/02/charla.jpg" alt="" width="533" height="305" /></p>
]]></content:encoded>
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		<title>SIDA y preservativos</title>
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		<pubDate>Tue, 14 Feb 2012 23:41:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>omalaled</dc:creator>
				<category><![CDATA[Curiosidades]]></category>

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		<description><![CDATA[Alguna vez os hablé de Francis Galton, el hombre que hacía todo tipo de estadísticas, y cómo establecía que rezar, en lo que se refiere a esperanza de vida, no servía para nada. Pues bien, los estudios de este hombre pueden arrancar una sonrisa incluso entre los creyentes, ya que pertenece a otro tiempo. Pero, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Alguna vez os hablé de <a href="http://www.historiasdelaciencia.com/?p=321" target="_blank">Francis Galton</a>, el hombre que hacía todo tipo de estadísticas, y cómo establecía que rezar, en lo que se refiere a esperanza de vida, no servía para nada. Pues bien, los estudios de este hombre pueden arrancar una sonrisa incluso entre los creyentes, ya que pertenece a otro tiempo. Pero, ¿arrancaría esa misma sonrisa en un hecho actual? ¿y si encima involucra al actual Papa?</p>
<p><span id="more-1161"></span>
<p style="text-align: justify;">No hace falta buscar mucho para saber que Ratzinger ha afirmado que el preservativo no solucionará el problema del SIDA, que todo lo contrario: que aumentará el problema. Hay multitud de enlaces, <a href="http://www.elpais.com/videos/sociedad/Papa/habla/preservativos/elpepusoc/20090318elpepusoc_1/Ves/" target="_blank">1</a>, <a href="http://www.elpais.com/articulo/internacional/Benedicto/XVI/sida/resuelve/preservativos/elpepuint/20090317elpepuint_7/Tes" target="_blank">2</a>, <a href="http://www.publico.es/internacional/407858/benedicto-xvi-dice-en-africa-que-el-sida-es-un-problema-etico" target="_blank">3</a>, etc.</p>
<p style="text-align: justify;">Ahora bien, ¿es cierto? ¿agrava realmente el preservativo el problema del SIDA? ¿en qué estudios se ha basado el Papa para hacer una afirmación de este tipo?</p>
<p style="text-align: justify;">Desconocía se se había hecho un estudio de este tipo hasta que leí <em><a href="http://www.elladrondecerebros.com/" target="_blank">El ladrón de cerebros</a></em>, de Pere Estupinyà, que recomiendo encarecidamente, y vi que se había hecho exactamente la misma pregunta. Veamos qué nos tiene que explicar.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;">Cuando en marzo de 2009 oí al papa Benedicto XVI decir durante su visita a África que «la distribución de preservativos no soluciona el problema del sida, incluso lo agrava», mi primera reacción fue de estupor y enfurecimiento visceral. ¿Cómo podía alguien tan influyente espetar semejante sandez? ¿Hasta tal punto estaba su ideología por encima de la vida de tantos miles de personas? Te calmas pensando que podría haber sido un lapsus sacado de contexto. Pero cuando al día siguiente el Vaticano reitera oficialmente dichas palabras, te enervas todavía más al comprobar lo desfasada y peligrosa que puede llegar a ser la Iglesia católica como institución. ¡Que se aparten de una vez por todas!, piensas sofocado.</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces te relajas de nuevo, y dudas. A ver si resulta que tendrán algo de razón&#8230; ¿Qué sé yo lo que le conviene a África? Recuerdas el estudio que demostraba que repartir libros en escuelas africanas no mejoraba el rendimiento escolar de los alumnos, y constatas que las recetas que funcionan en los países ricos no tienen por qué hacerlo en el complejo mundo en vías de desarrollo. Te asaltan ciertos interrogantes, ¿a ver si me estaré dejando llevar yo también por ideas preconcebidas?</p>
<p style="text-align: justify;">Justo tres semanas atrás había visitado Boston y charlado de nuevo con Esther Duflo, una de las directoras del J-PAL. Recordé su mensaje principal: para atajar los problemas de los países en vías de desarrollo debemos utilizar menos ideología y más ciencia. Empecemos por no asumir tan alegremente que conocemos bien las soluciones y sólo se trata de implantarlas, ya que muchos años y millones de dólares invertidos por instituciones como el Banco Mundial, el FMI o infinidad de ONG&#8230; demuestran lo contrario. En África se llevan gastadas cantidades ingentes de dinero en proyectos que no funcionan. De nuevo, la propuesta del J-PAL: ante un problema determinado, utilizar la metodología científica para evaluar cuál es la mejor intervención para solventarlo.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Habrán realizado algún estudio randomizado para comparar diferentes políticas de prevención del sida? ¿Habrán evaluado científicamente si potenciar el uso del preservativo disminuye el número de contagios? Búsqueda en su web y&#8230; ¡bingo! En 2006 Esther Duflo publicó los resultados de un estudio financiado por el Banco Mundial para analizar la conducta sexual de los adolescentes de Kenia, y justo en enero de 2009 Pascaline Dupas había presentado una ampliación.</p>
<p style="text-align: justify;">En las sesiones sobre prevención del sida que se imparten en las escuelas de Kenia se habla de cómo se transmite el virus, de cómo lidiar con personas infectadas, de abstinencia hasta el matrimonio&#8230; pero no se mencionan los preservativos. Sí, es inaudito; según el estudio del J-PAL, el programa educativo diseñado por el gobierno keniata sólo se concentra en la abstinencia. El foco principal no es «reducir el riesgo», sino «evitarlo». ¿Es la mejor estrategia? Eso es lo que pretendían averiguar.</p>
<p style="text-align: justify;">Para ello seleccionaron 328 escuelas con un total de 70.000 adolescentes, las dividieron en grupos de condiciones similares, y a cada uno de ellos aplicaron diferentes intervenciones. Al cabo de dos años contabilizaron el número de embarazos, que en tales edades es un buen indicador del sexo inseguro. En un grupo de escuelas se entrenó a los maestros para enseñar sólo el programa oficial del gobierno, en otras se debatía abiertamente sobre el uso de los condones, y en otro tomaban medidas para que las adolescentes permanecieran más tiempo en la escuela. En la ampliación del estudio hecha por Dupas también se informaba a las estudiantes de que los hombres de edad avanzada tenían índices de sida mucho mayores (en Kenia es muy habitual que las adolescentes tengan sexo inseguro con personas adultas). También se hicieron tests antes y después del estudio para conocer cómo se había modificado la conducta sexual de los adolescentes.</p>
<p style="text-align: justify;">De los estudios de Duflo y Dupas surgieron una serie de conclusiones: seguir el programa oficial centrado en la abstinencia no disminuía el número de embarazos. Informar sobre el riesgo de mantener relaciones con personas mayores hacía que las niñas modificaran la edad de sus parejas. Informar sobre el uso de preservativos fomentaba su uso sin aumentar el número de relaciones sexuales. Y mantener a las niñas en la escuela también lograba disminuir el número de embarazos. En concreto, en el estudio de Dupas se observó que la estrategia del gobierno de «eliminar el riesgo» no era efectiva, mientras que la campaña ampliada que proponía «reducir el riesgo» (informar sobre el uso de los preservativos y la distribución del sida por edades) logró aumentar el uso de preservativos sin incrementar el número total de relaciones sexuales.</p>
<p style="text-align: justify;">Y, como consecuencia, redujo en un 28 por ciento el número de embarazos entre las adolescentes, el parámetro utilizado como referencia al sexo inseguro. Por lo tanto, estos estudios científicos (y otros que vienen citados en la bibliografía científica) contradicen claramente las palabras de Benedicto XVI. Fomentar el uso del preservativo sí tiene resultados positivos en la lucha contra el sida. No es un dato nuevo para los que ya saben que no deben hacer mucho caso a lo que diga el Papa, pero por desgracia no todo el mundo es consciente de ello, y resulta que el gobierno de Kenia todavía mantenía un programa de prevención en escuelas centrado en la abstinencia, cuando podrían estar reduciendo en un 28 por ciento el riesgo de contagio entre sus adolescentes.</p>
</blockquote>
<p>¿Habéis extraído vuestras propias conclusiones? Yo también.</p>
<p>Fuente:<br />
<strong>Pere Estupinyà</strong>, <em>El ladrón de cerebros</em>.</p>
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		<title>¿En qué se diferencian las sociedades?</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Feb 2012 18:17:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>omalaled</dc:creator>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>

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		<description><![CDATA[¿En qué se diferencian las sociedades? ¿en la raza? ¿en la religión o creencias que tengan? ¿en la cultura? En su libro Consilience, Edward O. Wilson nos lo explica. Cualquiera que sea la valoración de los éxitos obtenidos, la fe que los pensadores de la Ilustración tenían en la ciencia estaba justificada. En la actualidad, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">¿En qué se diferencian las sociedades? ¿en la raza? ¿en la religión o creencias que tengan? ¿en la cultura? En su libro <em>Consilience</em>, <strong>Edward O. Wilson</strong> nos lo explica.</p>
<p><span id="more-1127"></span></p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;">Cualquiera que sea la valoración de los éxitos obtenidos, la fe que los pensadores de la Ilustración tenían en la ciencia estaba justificada. En la actualidad, la gran línea divisoria dentro de la humanidad no es entre las razas, o las religiones, ni siquiera, como se suele creer, entre los cultos y los analfabetos. Es el abismo que separa las culturas científicas de las precientíficas.</p>
<p style="text-align: justify;">Sin los instrumentos y el saber acumulado de las ciencias naturales (física, química y biología), los seres humanos están atrapados en una prisión cognitiva. Son como peces inteligentes que nacen en un estanque profundo y oscuro. Curiosos e inquietos, deseando salir, piensan en el mundo exterior. Inventan ingeniosas especulaciones y mitos sobre el origen de las aguas que los confinan, del sol y las estrellas que hay arriba, y del significado de su propia existencia. Pero se equivocan, siempre se equivocan, porque el mundo es demasiado ajeno a la experiencia ordinaria para ser siquiera imaginado.</p>
<p style="text-align: justify;">La ciencia no es una filosofía ni un sistema de creencias. Es una combinación de operaciones mentales que se ha convertido cada vez más en el hábito de gentes educadas, una cultura de iluminaciones a la que se llegó por un giro afortunado de la historia, que produjo la manera más efectiva jamás concebida de conocer el mundo real.</p>
<p style="text-align: justify;">Con la ciencia instrumental la humanidad ha escapado del confinamiento y ha extendido prodigiosamente su comprensión de la realidad física. En otro tiempo estábamos casi ciegos; ahora podemos ver&#8230; literalmente.</p>
<p>(&#8230;)</p>
<p style="text-align: justify;">No pretendo faltar al respeto a nadie cuando digo que las personas precientíficas, con independencia de su genio innato, no podrían adivinar nunca la naturaleza de la realidad física más allá de la minúscula esfera que es abarcable mediante el sentido común no ayudado. Ninguna otra cosa funcionó nunca, ningún ejercicio a partir de los mitos, la revelación, el arte, el trance o cualquier otro medio concebible; y a pesar de la satisfacción emocional que produce, el misticismo, la sonda precientífica más fuerte hacia lo desconocido, ha dado un resultado de cero. No hay conjuro de chamán ni ayuno en lo alto de una montaña sagrada que pueda convocar al espectro electromagnético. Los profetas de las grandes religiones no sabían de su existencia, no porque su dios fuera reservado, sino porque carecían de los conocimientos de física que sólo se consiguen con mucho esfuerzo.</p>
</blockquote>
<p><strong>Edward O. Wilson</strong>, <em>Consilience.</em></p>
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		<title>Las gafas de la ciencia</title>
		<link>http://www.historiasdelaciencia.com/?p=1149</link>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 10:00:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>omalaled</dc:creator>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>

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		<description><![CDATA[En alguna entrevista me han preguntado: ¿qué es la ciencia para ti? La respuesta es difícil, pero he visto gente que tienen el don de poder dar esta respuesta con una sencillez y claridad fuera de serie. Es el caso de Pere Estupinyà, desde su libro El ladrón de cerebros. Os dejo con el amigo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">En alguna entrevista me han preguntado: ¿qué es la ciencia para ti? La respuesta es difícil, pero he visto gente que tienen el don de poder dar esta respuesta con una sencillez y claridad fuera de serie. Es el caso de <a href="http://blogs.elpais.com/apuntes-cientificos-mit/" target="_blank">Pere Estupinyà</a>, desde su libro <a href="http://www.elladrondecerebros.com/" target="_blank">El ladrón de cerebros</a>. Os dejo con el amigo Pere.</p>
<p><span id="more-1149"></span></p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;">Recuerdo estar sentado frente al océano en un lugar recóndito de Zapara, cerca de Playa Girón. Antonio nos había conducido hasta allí con la promesa de mostrarnos una de las zonas costeras de Cuba.</p>
<p style="text-align: justify;">No había exagerado. El entorno natural era precioso, se respiraba una paz absoluta, y el mar se mostraba solemne. &#8220;Inmejorable&#8221;, pensé para mis adentros. Entonces Antonio se acercó ofreciéndome unas gafas de bucear. &#8220;Muchas gracias, Antonio, pero ahora no me apetece demasiado. No soy muy diestro en el agua y me da un poco de pereza. Además, el paisaje en sí ya es idílico.&#8221; Antonio insistió hasta convencerme. A los pocos minutos me puse las gafas y empecé a caminar hacia la orilla sin grandes expectativas, con el único objetivo de distraerme un poco. No tenía ni idea de qué me esperaba.</p>
<p style="text-align: justify;">Nada más sumergir la cabeza en el mar mis ojos se abrieron como platos. La roca sobre la que había descansado estaba rebosante de corales preciosos, varios peces de colores nadaban a mi alrededor, y al girarme divisé una tortuga alejándose pausadamente a escasos 25 metros. No recuerdo el tiempo que pasé absorto observando ese espectáculo inesperado, pero sí tengo muy presente mi reacción en cuanto salí de él: ¿cómo podía tener esa maravilla tan cerca y no ser consciente de ello? ¿Cómo podía haber estado a punto de perdérmela? No sé cuántas veces agradecía a Antonio su insistencia al ofrecerme las gafas y permitirme descubrir lo que para mí era un mundo desconocido. Cuando dirigí de nuevo la mirada al océano continuaba siendo precioso, ero ya no podía conformarme en observar sólo su superficie.</p>
<p style="text-align: justify;">Esta experiencia refleja el mismo entusiasmo que siento por la ciencia. Para mí, la ciencia son las gafas que nos permiten escudriñar la estructura del universo, descubrir el mundo microscópico, explorar el interior del cerebro humano, comprender nuestro comportamiento, y disfrutar de toda la complejidad y esplendor que oculta la naturaleza. Sin la ciencia, ni siquiera seríamos conscientes de la existencia de tales tesoros.</p>
<p style="text-align: justify;">Estamos en un momento de la historia intelectualmente sobrecogedor. Los científicos están encontrando respuestas a infinidad de profundos interrogantes, pero sobre todo nos están ofreciendo nuevos y turbadores misterios con los que estimular nuestra inquieta curiosidad. Y, creedme, es una lástima perdérselo. Una vida sin ciencia es como una sin música. Puede ser igualmente maravillosa, pero si duda desaprovechamos una de sus grandes ofrendas. Especialmente porque disfrutarla no requiere un lenguaje sofisticado ni grandes conocimientos previos. Sólo se precisa un cerebro receptivo. Por eso me gustaría emular a Antonio y proponeros que nos pongamos las gafas de la ciencia y me acompañéis en una expedición hacia las fronteras del pensamiento científico más actual. No saber bucear no es una excusa, sino una motivación añadida.</p>
<p style="text-align: justify;">No perdamos más tiempo alejados de la explosión de conocimiento que tenemos frente a nosotros. ¡Lancémonos de cabeza a explorar el apasionante océano de la ciencia!</p>
<p style="text-align: justify;">(&#8230;)</p>
<p style="text-align: justify;">Cada vez que enciendes tu ordenador o te conectas a internet desde un simple teléfono móvil, ves cómo la ciencia y la tecnología están transformando nuestras actividades cotidianas. Cuando acudes al médico constatas cómo la investigación científica mejora nuestra calidad de vida. Al oír de cambio climático o pandemias, no dudas en considerarla la mejor herramienta para intentar solucionar los problemas globales que afectan a toda la humanidad. Y cuando sientes ansias de comprender el mundo que te rodea recurres primero a las gafas de la ciencia para que regalen respuestas fiables y descubran nuevos conocimientos que son ellas ni siquiera sabrás de su existencia.</p>
<p style="text-align: justify;">Como actividad humana que es, la ciencia está contagiada de nuestras propias imperfecciones. No pretendemos idealizarla, Pero en su versión más pura, es una maravillosa fuente de conocimiento y una herramienta que en buen as manos ha estado constantemente incrementando nuestro bienestar. Dejemos que impregne también la cultura, e inmiscuya su proceder en lo más profundo de nuestra sociedad. Otorguémosle por fin el papel central que reclama en la construcción de individuos y comunidades más justas y felices.</p>
<p style="text-align: justify;">(&#8230;)</p>
<p style="text-align: justify;">La ciencia no se detiene, y cada vez queda más camino por recorrer. Los investigadores están ampliando nuestro conocimiento sobre el Cosmos, la vida, la muerte o el funcionamiento de las sociedades a un ritmo imposible de abarcar. Nuestra sensación de desconocimiento crece a un ritmo exponencial. ¡Es excitante! El trabajo de los científicos es tan lento y minucioso que en ocasiones ellos mismos pierden la perspectiva de lo apasionantes que son sus descubrimientos. Pero tú tienes la oportunidad de seguirlos a cámara rápida y guiado únicamente por tu propio interés. Aprovéchalo. Disfruta de la ciencia como lo haces del arte, la música o la literatura. Es la verdadera aventura intelectual de este siglo. No nos quitemos las gafas de la ciencia.</p>
<p style="text-align: justify;">(&#8230;)</p>
<p style="text-align: justify;">No le tengas miedo ni excesivo respeto a la ciencia; ¡hazla tuya!<br />
<strong></strong></p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;"><strong>Pere Estupinyà</strong>, <em>El ladrón de cerebros</em>.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>La música y el lenguaje</title>
		<link>http://www.historiasdelaciencia.com/?p=1141</link>
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		<pubDate>Sat, 28 Jan 2012 16:28:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>omalaled</dc:creator>
				<category><![CDATA[Curiosidades]]></category>

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		<description><![CDATA[Siempre se dice que la música es una forma más de expresión, como si fuera un lenguaje más. Si os preguntaran si la música está en las mismas zonas cerebrales que el lenguaje, ¿contestaríais que sí? Entonces, si alguien perdiera la capacidad de hablar, ¿perdería también las capacidades como músico? Lo que leeréis a continuación [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Siempre se dice que la música es una forma más de expresión, como si fuera un lenguaje más. Si os preguntaran si la música está en las mismas zonas cerebrales que el lenguaje, ¿contestaríais que sí? Entonces, si alguien perdiera la capacidad de hablar, ¿perdería también las capacidades como músico? Lo que leeréis a continuación está extraído del libro <em>Neurocotilleos</em>, de Adolf Tobeña y está centrado en lo que le sucedió a Maurice Ravel.</p>
<p><span id="more-1141"></span></p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;">Los primeros síntomas de destrucción del talento de Maurice Ravel fueron detectados por un discípulo suyo, a principios de 1933, al observar errores flagrantes en la partitura de Don Quijte y Dulcinea, la obra que el maestro llevaba entre manos. Casi al mismo tiempo, diversos amigos del compositor notaron errores importantes en las cartas manuscritas que reibían. Los déficits neurológicos se acentuaron rápidamente y, en pocos meses, Ravel quedó convertido en un analfabeto verbal y musical.</p>
<p style="text-align: justify;">La pérdida progresiva de habilidades del celebrado autor francés tuvo, sin embargo, unos resultados finales tan peculiares que los neurobiólogos aún se apasionan por el caso. El motivo de interés es fácilmente comprensible: Ravel sufrió, parece ser, un proceso degenerativo que afectó, selectiva y moderadamente, algunas de las regiones de su cerebro, dejando unos síntomas que constituyen una valiosísima grieta de acceso a las intimidades del cerebro musical.</p>
<p style="text-align: justify;">Justine Sergent, del Instituto Neurológico de Montreal revisó el tema no hace mucho (1993) y nos dejó una descripción espléndida. Ravel quedó totalmente privado de la facultad de componer música. De hecho, después de unas primeras reacciones negando el déficit, se dio cuenta perfectamente de su incapacitación progresiva y la comentó con sus amigos más íntimos. Les explicó, por ejemplo, que tenía la ópera Juana de Arco en la cabeza, pero que ya no era capaz de trasladarla al pentagrama. Perdió también la habilidad para leer partituras y acabó sin poder tocar ni cantar de memoria, fuera de las primeras estrofas de algunas piezas.</p>
<p style="text-align: justify;">Podía, en cambio, ejecutar escalas al piano sin ningún problema y conservó, aparntemente, en plenitud, la memoria musical, reconociendo melodías y saboreándolas, y siendo capaz de seguir sus propias composiciones hasta el punto de indicarles los errores a los intérpretes.</p>
<p style="text-align: justify;">Sus habilidades lingüísticas también quedaron afectadas de una manera particular y, aunque perdió las facultades de leer y escribir, podía hacerse entender a través de un habla inexacta pero suficiente, y conseguía seguir, con ciertas dificultades, las conversaciones ajenas.</p>
<p style="text-align: justify;">Murió cuantro años más tarde, en 1937, y de los comentarios del neurocirujano que le hizo la autopsia, se desprenden una probable afectación en unos territorios cerebrales del hemisferio izquierdo que gobiernan la elaboración del lenguaje en la mayoría de las personas. Es un lugar donde confluyen la inforamción auditiva y visual, así como los patrones de organización espacial. Esta zona fue descrita a finales del siglo XIX por el neuropsiquiatra alemán Karl Wernicke.</p>
<p style="text-align: justify;">Y curiosamente, en esos mismos territorios, un grupo de investigadores de la Universidad de Düsseldorf encontraron en 1995 evidencias anatómicas en individuos sanos que las relacionaban con el talento musical, una zona llamada <em>planum temporale</em>. A través de rsonancias magnéticas compararon medidas hechas en 30 músicos de 26 años de edad media con las de 30 médicos de la misma edad, con igual distribución de sexos, pero sin entrenamiento y habilidades musicales. Los músicos podían ser especialistas tanto en teclados como en cuerdas y todos eran diestros, salvo tres en cada grupo que eran ambidiestros.</p>
<p style="text-align: justify;">La diferencia era más fuerte en aquellos músicos que tenían &#8220;oído absoluto&#8221;, o sea, aquellos capaces de reconocer una nota sin una referencia previa.</p>
<p style="text-align: justify;">Y estas eran aquellas mismas zonas que habían afectado a Ravel.</p>
<p style="text-align: justify;">Parece ser, por tanto, que comparten las mismas zonas cerebrales y que los músicos expanden estas zonas cerebrales para encajar otro código. No obstante, a través de otros estudios sabemos que no se mezclan del todo. Es posible incluso que, en caso de lesión, preservar un lenguaje a pesar de un déficit en otro. Ese fue el caso de otros músicos como el ruso Shebalin, el francés Langlais o el británico Britten, quienes, después de padecer ataques de apoplejía que afectaron a sus habilidades verbales, no mostraron déficits musicales.</p>
<p style="text-align: justify;">O sea, que no toda la música está en la zona del lenguaje, aunque la composición y la interpretación la necesitan.</p>
</blockquote>
<p><strong>Adolf Tobeña</strong>, <em>Neurocotilleos</em>.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>El p-valor</title>
		<link>http://www.historiasdelaciencia.com/?p=1137</link>
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		<pubDate>Sun, 22 Jan 2012 21:16:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>omalaled</dc:creator>
				<category><![CDATA[Curiosidades]]></category>

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		<description><![CDATA[El azar impregna nuestras vidas. Las cosas pueden suceder por una causa o, en más casos de los que imaginamos, por puro azar o pura casualidad; y es importante saber cuándo es por una razón u otra. Por ejemplo, imaginemos que hacemos una apuesta en la que ganamos si sale cara y perdemos si sale [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El azar impregna nuestras vidas. Las cosas pueden suceder por una causa o, en más casos de los que imaginamos, por puro azar o pura casualidad; y es importante saber cuándo es por una razón u otra. Por ejemplo, imaginemos que hacemos una apuesta en la que ganamos si sale cara y perdemos si sale cruz. Ahora apostamos y se lanza la moneda al al aire. Sale cruz. Volvemos a hacer apuestas y vuelve a salir cruz. Lo mismo en el tercer lanzamiento. Entonces, nos planteamos: ¿está trucada la moneda? ¿o nuestro adversario es totalmente honrado y simplemente ha tenido suerte? ¿tenemos alguna forma de saber una cosa así?</p>
<p><span id="more-1137"></span></p>
<p style="text-align: justify;">La respuesta es que nunca lo podremos saber con total seguridad, pero sí tenemos un indicador que nos dice lo probable o improbable de que un hecho así haya sucedido por azar.</p>
<p style="text-align: justify;">Aunque posiblemente os haya parecido que sea un ejercicio puramente académico y sólo sirva para poner enunciados de exámenes, no es así. Imaginad que en vez de lanzar una moneda al aire estamos hablando de probar la eficacia de un medicamento del que afirman que cura una enfermedad que es mortal en el 50% de los casos y hacemos la prueba de ese medicamento con tres personas que padezcan dicha enfermedad. La solución, matemáticamente hablando, es exactamente igual que el problema de la moneda, pero lo que está en juego es mucho más delicado. La pregunta es, ¿ese medicamento funciona? La respuesta que demos al problema de las monedas es exactamente el mismo que demos al resultado de ese estudio. Si las tres personas que han tomado dicho medicamento se curan, entonces, ¿podemos afirmar que realmente funciona?</p>
<p style="text-align: justify;">Para separar las conclusiones reales del puro azar existe un parámetro que los estadísticos llaman &#8220;p-valor&#8221;. Se trata de conocer la probabilidad de que ese resultado sea por azar o realmente por una causa determinada que es la cuestión de estudio; en nuestro caso, que la moneda esté trucada o que el medicamento realmente funcione.</p>
<p style="text-align: justify;">La probabilidad de que salga cara o cruz en el caso de que la moneda no esté trucada es de un 50%, así que tirar tres veces y que salgan tres caras sería 0,5*0,5*0,5=0,125, o sea, el 12,5% de las veces. Afirmamos entonces que el p-valor es del 12,5%. En otras palabras, la probabilidad de que salgan tres caras por puro azar es del 12,5%. Visto desde otro punto de vista. Imaginad que tiramos una moneda tres veces y estas tres tiradas las consideramos como un bloque. Pues bien, si hacemos este bloque 100 veces, de ellas, aproximadamente 12 nos saldrán tres caras por puro azar.</p>
<p style="text-align: justify;">Entonce, ¿qué información da el p-valor? Básicamente, que si es alto, el resultado obtenido puede ser perfectamente por pura probabilidad o puro azar, y que el experimento que estás haciendo (en este caso, lanzar una moneda al aire) no sirve para poder concluir que la moneda está trucada; y si el p-valor es muy bajo, entonces, el resultado sí nos sirve para concluir que la moneda está realmente trucada.</p>
<p style="text-align: justify;">Bien, la siguiente pregunta es, ¿qué p-valor es el que debemos considerar para poder decir si es alto o bajo?</p>
<p style="text-align: justify;">En nuestro caso, el p-valor, tanto en el experimento de las monedas como en el del análisis clínico, es del 12,5%. La conclusión es que no podemos diferenciar los resultados de dicho medicamento del puro azar (puesto que la enfermedad era mortal en el 50% de los casos y no podemos saber si ha sido el medicamento quien la ha curado o simplemente ha curado por sí mismo). En el caso de la moneda, no podemos concluir que está trucada.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Qué podemos hacer para disminuir el p-valor? Ya lo habréis intuido: aumentar el número de experiencias. Si en vez de tres tiradas de moneda o tres pruebas de ese medicamento tendríamos el 50% multiplicado por sí mismo 5 veces y tendríamos un p-valor del 3,1%. En ese caso, al no superar el 5% consideramos esa correlación significativa. Si a tu amigo le salen 5 caras seguidas ya puedes empezar a sospechar que aquí pasa algo raro.</p>
<p style="text-align: justify;">El que consideramos límite para decir que algo es fruto del azar o que hay una razón de fondo es del 5%. Dicho criterio fue establecido en 1920 por <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ronald_Fisher" target="_blank">Ronald Aylmer Fisher</a>, un biólogo británico y uno de los padres de la inferencia estadística moderna, que encontró la cifra apropiadamente pequeña y matemáticamente cómoda. Este límite está muy extendido en la ingeniería y en el caso del contexto jurídico se le considera el equivalente de estar &#8220;más allá de toda duda razonable&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero la cifra es arbitraria, y aunque parezca pequeña tenéis que pensar que permite que 1 de cada 20 estudios médicos pueda ser erróneos. Hay estadísticos que lo reducen al 1%, lo que traducido a nuestro experimento equivaldría a 7 personas en el ensayo clínico o que salieran 7 caras seguidas en una moneda. El propio Fisher admitió que si uno de cada veinte estudios no parecía una probabilidad lo suficientemente alta, se podía trazar también la línea en uno entre cincuenta o uno entre cien.</p>
<p style="text-align: justify;">Recordemos siempre, por tanto, que el p-valor constituye una indicación de la confianza que podemos depositar en unas conclusiones, así que la próxima vez que te citen un estudio médico, pregunta por el p-valor. Y recordemos siempre que las cosas pueden ocurrir por casualidad.</p>
<p style="text-align: justify;">Una bonita historia relacionada con el tema que os acabo de explicar fue protagonizada por el formidable Enrico Fermi. <a href="http://www.historiasdelaciencia.com/?p=132" target="_blank">Ya os la conté</a>, pero vale la pena recordarla. El no menos formidable Carl Sagan nos explicaba la anécdota:</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;">– Fulano de tal es un gran general – le dijeron.<br />
– ¿Cuál es la definición de un gran general? – preguntó Fermi como era típico en él.<br />
– Se supone que es un general que ha ganado muchas batallas consecutivas.<br />
– ¿Cuántas?</p>
<p style="text-align: justify;">Después de sumar y restar un poco, se fijaron en cinco.</p>
<p style="text-align: justify;">– ¿Qué fracción de generales americanos son grandes?</p>
<p style="text-align: justify;">Después de sumar y restar un poco más, se fijaron en un pequeño tanto por ciento.</p>
<p style="text-align: justify;">– Pero imaginemos – replicó Fermi – que no existe algo así como un gran general, que todos los ejércitos son iguales y que ganar una batalla es puramente un asunto de probabilidades. Entonces, la probabilidad de ganar una batalla es una de dos, o sea, 1/2; la de ganar dos 1/4; tres 1/8; cuatro 1/16 y cinco 1/32 que es cerca del 3%. Es lógico esperar que un pequeño tanto por ciento de generales americanos venzan cinco batallas consecutivas por pura casualidad. Ahora bien, ¿alguno ha ganado diez batallas consecutivas?</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">Fuentes:<br />
<strong>Jeffrey S. Rosenthal</strong>, <em>A cara o cruz</em>.<br />
<strong>Carl Sagan</strong>, <em>El mundo y sus demonios</em>.</p>
]]></content:encoded>
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